viernes, 25 de septiembre de 2026

El Dilema de Caifás: La inevitable tragedia del pragmatismo político

Y Caifás, cuando entregó a Jesús de Nazaret para que lo crucificaran, tenía razón... al menos desde la fría y calculadora lógica de la Razón de Estado. En el evangelio según San Juan, el sumo sacerdote resume el manual definitivo del realpolitik al sentenciar: "Os conviene que un solo hombre muera por el pueblo, y no que perezca toda la nación". Más allá de cualquier interpretación teológica, Caifás encarna el arquetipo del pragmatismo político: la disposición a sacrificar la pureza moral, los ideales e incluso a los inocentes en el altar de la estabilidad y la supervivencia del sistema.

El pragmatismo político no es una anomalía, es la regla de oro. Entender cómo se mueve la política real es asomarse a un abismo mucho más cruel de lo que la ingenuidad popular suele imaginar. La historia nos demuestra que todo proceso político, especialmente aquellos que nacen con vocación de cambio, está condenado a transitar por un ciclo vital ineludible.

Podemos definir que todo proceso político maduro atraviesa, inevitablemente, las siguientes etapas:

1. La Etapa Romántica

Suele ser la etapa de la utopía, la del sueño. Es el momento de la pureza ideológica, donde de manera casi pueril se imagina una sociedad idílica. Aquí nacen los manifiestos, las arengas encendidas y la certeza absoluta de que se posee la verdad. En esta fase, el proyecto político es un lienzo en blanco donde no existen las contradicciones, solo la promesa de un paraíso terrenal. Los líderes son profetas y los seguidores, creyentes.

2. La Etapa Heroica

Es el momento del choque contra la realidad. Aquí los militantes hacen los mayores sacrificios por amor al proyecto revolucionario o transformador. Se entregan las comodidades, la reputación y, en los casos más extremos, se sacrifica la vida misma en nombre de la causa. Es la etapa del mártir, de la trinchera y de la solidaridad inquebrantable frente al enemigo común. El sufrimiento une y legitima: la sangre derramada se convierte en el cimiento moral del nuevo orden que se promete construir.

3. La Etapa Pragmática (o de la Razón de Estado)

Luego viene el momento de la verdad: la etapa donde, alcanzados los objetivos revolucionarios y conquistado el poder, el sueño choca contra la pared de la governabilidad. Es aquí donde ocurre la gran mutación. Los revolucionarios descubren con horror que gobernar no es lo mismo que rebelarse. Para mantener el poder, administrar la economía, contentar a las mayorías y evitar el caos, los nuevos gobernantes deben empezar a hacer pactos con sus antiguos enemigos.

Es en esta etapa donde el idealismo muere y nace el pragmatismo. Los héroes de la etapa anterior, aquellos que se negaban a transar, se convierten en un estorbo para la nueva burocracia. Es el momento "caifás" de todo movimiento político: el líder, ahora convertido en gobernante, comprende que para salvar la revolución (o al menos lo que queda de ella), debe sacrificar a sus antiguos camaradas, traicionar sus promesas de campaña y adoptar las mismas mañas del viejo régimen que juró destruir.

El ocaso de la utopía
La tragedia de la política real es que el éxito corrompe los fines. Quienes llegaron al poder empuñando la espada de la justicia, terminan usando la balanza del oportunismo. El pragmatismo es cruel porque exige que, para sostener la estructura, se devore a los propios hijos.

Al final del ciclo, la sociedad comprende la gran lección de la historia: las utopías solo sirven para caminar, pero son inútiles para habitar. Y en el momento exacto en que un idealista toma las riñas del Estado, descubre con espanto que, para mantener el timón a flote, debe aprender a pensar, actuar y sacrificar exactamente igual que Caifás.

lunes, 31 de agosto de 2026

El contrato petrolero, nada que festejar





 «La soberanía del pueblo es la única autoridad legítima de las naciones.»

Simón Bolívar

«La soberanía es el ejercicio pleno y absoluto del poder del pueblo para ser dueño de su propio destino.»

Hugo Chávez

Qué difícil resulta, en lo personal, celebrar la firma del contrato entre el Gobierno venezolano y el estadounidense, especialmente cuando representa una nueva afrenta a nuestra soberanía y dignidad.

Hay que decirlo con claridad: dentro de la política pragmática de supervivencia a la que hemos sido arrojados, se entiende cualquier gestión que nos permita organizarnos, ganar tiempo y alejar la amenaza militar. Sin embargo, de allí a mostrar entusiasmo o estar radiante alegría, hay un absurdo inconcebible.

Si con Chávez aprendimos que la soberanía es el ejercicio pleno y absoluto del poder popular para decidir nuestro destino, cabe preguntarse: ¿se firmó este acuerdo bajo ese ejercicio soberano o bajo la coerción impuesta a partir los hechos del 3 de enero? Si es esto último, no hay nada que festejar, aun cuando comprendamos las difíciles decisiones que, bajo franca amenaza, deba asumir la presidenta encargada.

Es un contrato injusto e írrito, originado en el chantaje militar. Para colmo, los recursos generados no ingresarán directamente al erario público nacional, sino a una cuenta administrada a discreción del propio Gobierno norteamericano.

Nuestra narrativa debe ser categórica para que el pueblo comprenda la realidad: somos víctimas del chantaje de una potencia extranjera que pretende imponer su voluntad. Ningún acuerdo comercial alcanzado en estas condiciones puede disfrazarse de victoria o motivo de orgullo, pues lleva impregnado el desprecio del agresor, evidente en la cobertura de las grandes corporaciones mediáticas.

Hoy, más que nunca, debemos llamar al imperio por su nombre y señalar a los responsables directos de nuestra precariedad. Frente a la agresión, suavizar el lenguaje no es diplomacia: es aceptar la sumisión colonial.


jueves, 6 de agosto de 2026

La nueva etapa de la revolución


La revolución y sus ciclos, sus avances y sus retrocesos. En ese bamboleo escucho las palabras duras y tristes del hijo de la panadera cuando era entregado en el puerto de La Guaira por los patriotas de aquella época; Francisco de Miranda, el Gran Precursor, exclamaba: «¡Bochinche, bochinche! Este pueblo es puro bochinche».

Y hoy, como en una novela de Gabo —cien años de soledad—, pareciera que sobre nuestra América pesara una maldición que no permitiera romper el ciclo, como si estuviéramos obligados a repetirlo.

El 3 de enero, entre llantos y sobresaltos, se llevaron a nuestro presidente y líder, secuestrado y humillado, y con él toda nuestra patria, todo nuestro gentilicio. Todo quedó enmudecido. Se nos pidió callar, se nos pidió no pensar, no analizar, pues dudar, pensar o analizar era traición.

Y desde el gobierno se impusieron cambios, con la excusa de que los aviones del imperio, con sus misiles, estaban ya casi sobre nosotros, listos para desatar un infierno de muerte y destrucción.

Perdimos la independencia, el manejo soberano de nuestros recursos. Perdimos la brújula, y el gran faro de libertad que éramos se apagó.

Y esto lo escribo, lo digo con tristeza, pero con el ánimo de buscar salidas, de romper el maleficio, de reencontrarnos y ser nuevamente los hijos e hijas de Bolívar, indómitos, indomables, fuentes de inspiración y de las más grandes proezas; de que eso deje de ser una consigna más y se convierta en acción transformadora.

Hoy llamo y convoco, primero, a los espíritus de nuestros ancestros aborígenes y de los negros traídos como esclavos; a los marginados de la periferia; a los que, ya visibilizados, no queremos regresar a las sombras, al ostracismo ni al oscurantismo. No es hora de tender las hamacas: es la hora del coraje, de la valentía y del combate por recuperar nuestra amada patria.

viernes, 12 de junio de 2026

Seis meses



A meses de los funesto sucesos del 3 de enero donde perdieron la vida más de 100 personas, entre militares y civiles, la ausencia de un pronunciamiento oficial sobre lo ocurrido - y sobre la inactivación de las defensas aéreas y el protocolo de seguridad del presidente Nicolás Maduro— es ensordecedora. Este silencio ha dejado que el imaginario popular sea quien, poco a poco, intente reconstruir las trágicas horas del secuestro presidencial.

No existe una versión oficial ni responsabilidades asumidas. En el alto gobierno nadie ha puesto su cargo a disposición, bajo la excusa de preservar la unidad política. No obstante, la historia de nuestra revolución nos enseña que esta surgió precisamente porque alguien, por primera vez, tuvo la valentía de asumir la responsabilidad de un levantamiento militar fallido. De ese modo irrumpió el comandante Chávez en la vida política de la nación.

Lamentablemente, a quienes demandan claridad se les estigmatiza como trotskistas, herejes o entregados al imperio, silenciando así el debate y la crítica, pilares de cualquier proceso revolucionario.

Y esa crítica es vital. Lo ocurrido a posteriori —las leyes exprés de hidrocarburos y minería, entre otras acciones del gobierno encargado— se han presentado como medidas necesarias, bajo el concepto de flexibilidad táctica, sin embargo encajan en la conocida "doctrina del shock". Preludio de la privatización y el retorno al modelo de vasallaje que, como advertía el comandante Chávez, siempre estará al acecho.

Nos inquieta el mutismo. El venezolano ha desarrollado una madurez política y una resiliencia racional: sabe comprender, abordar con altura y actuar en consecuencia. Subestimar al pueblo tratándolo como un niño es un error mayúsculo de la dirigencia.

Continuamos analizando, con la esperanza de que el pueblo venezolano levante la voz que Chávez nos devolvió, para exigir respuestas, sin importar cuán dolorosas puedan ser.

jueves, 19 de marzo de 2026

PROHIBIDO ABANDONAR A CUBA


El 3 de enero de 2026 quedará grabado en la historia como el día en que 32 combatientes cubanos dieron su vida defendiendo al presidente Nicolás Maduro en territorio venezolano. El Gobierno de Cuba confirmó oficialmente estas muertes y repatrió los restos con honores. Apenas semanas después, Venezuela decidió cesar el envío de petróleo a Cuba, el cual representaba aproximadamente el 30% de las necesidades energéticas de la isla. La pregunta quema en el alma de millones: ¿fueron en vano esas 32 vidas?

Cuba, a pesar del bloqueo económico ilegal impuesto por Estados Unidos durante más de seis décadas, nunca abandonó a Venezuela. Desde el inicio de la Revolución Bolivariana, la isla envió miles de médicos, educadores y técnicos para trabajar en las comunidades más vulnerables del país. Nunca hubo condición. Nunca hubo precio. Nunca hubo abandono. Cuando Venezuela enfrentó sus momentos más oscuros —golpes de estado, sabotajes económicos, amenazas militares— Cuba estuvo allí. Sin dudar. Sin calcular.

Este abandono contradice frontalmente los principios bolivarianos y chavistas que predican la solidaridad inquebrantable. Simón Bolívar soñó con una Patria Grande unida; Hugo Chávez y Fidel Castro se juraron lealtad eterna. Los principios del pensamiento bolivariano incluyen equidad, inclusión, participación y, sobre todo, solidaridad. ¿Dónde queda esa solidaridad cuando el hermano está en la hora más oscura? Si Cuba cae, Venezuela pierde su principal aliado regional y envía un mensaje devastador a Nicaragua, Bolivia y todos los gobiernos progresistas de América Latina.

La verdadera prueba de los principios no es en la abundancia, sino en la adversidad. Pensar que las potencias extranjeras permitirán mayor tranquilidad por este gesto es no comprender cómo funciona el sistema internacional: las concesiones se interpretan como debilidad, no como paz. Cuba ya registra apagones totales y niveles récord de escasez energética. Millones de civiles cubanos no tienen responsabilidad en las decisiones gubernamentales venezolanas, pero pagarán el precio.

Cuba no abandonó a Venezuela cuando el imperio presionaba, cuando el petróleo era escaso, cuando 32 de sus hijos cayeron defendiendo la revolución. Venezuela no tiene derecho moral de abandonar a Cuba ahora. La historia nos juzgará: ¿seremos recordados como los que traicionaron la solidaridad o como los que permanecieron leales? No abandonar a Cuba no es una opción. Es un deber histórico. La verdadera independencia de América Latina se construye con lealtad, no con traición. Con solidaridad, no con cálculo. Con memoria, no con olvido.