martes, 29 de septiembre de 2026

Por Ahora, el fin de la historia


"....No faltarán los que traten de aprovechar coyunturas difíciles para mantener ese empeño de la restauración del capitalismo, del neoliberalismo, para acabar con la Patria. No, no podrán..."
Hugo Chávez 

Hoy somos testigos del fin de una época, el fin de los grandes sueños y esperanzas de toda una generación que luchó por ver la utopía, por abrazarla, por vivirla; y como todo en esta vida, la utopía culminó, por ahora. El discurso oficial que la Presidenta Encargada leyó es el acta es el fin de un periodo glorioso de un pueblo que soñó, que acarició las puertas del cielo...

"...Vengo a esta asamblea como una hija más de Venezuela a presentar las aspiraciones de un país que busca construir su propio destino luego de conflictos políticos que cerraron sus espacios para que las distintas corrientes encontraran un lugar para dirimir sus diferencias y en medio de un duro bloqueo económico que dio al traste con el desarrollo de inclusión e igualdad..."
Delcy Rodríguez 

Y con Hugo Chávez se abrieron las puertas de las grandes alamedas...

Desde el inicio del proyecto de la Revolución Bolivariana, la inclusión de los excluidos y marginados exigía una inevitable confrontación. Confrontación por ser visibilizados, confrontación por ser partícipes de los beneficios de las riquezas de la patria que solo unos pocos disfrutaban: los amos del Valle. Eso era a lo interno. A lo externo, era la contradicción al "Fin de la Historia" de Fukuyama, era el mal ejemplo para la región: una revolución socialista en el país con las mayores reservas de petróleo, era decir, ya no somos el patio trasero de nadie.

"...Durante mucho tiempo fuimos un país dividido entre trincheras, donde el color de una bandera partidista pesaba más que el apellido común que compartimos todos los venezolanos..."
Delcy Rodríguez 

Antes no nos dividían colores de bandera; teníamos el mismo apellido: "venezolanos". Pero lo que realmente nos partía en dos eran las clases sociales. Antes ni siquiera existíamos; como estrato social éramos los marginados, el lumpen, los que vivíamos y moríamos en los cerros de los barrios, condenados a cien años de soledad.

Fue Hugo Chávez quien nos dio la bandera de la dignidad y comenzó a visibilizarnos. Y sí, junto al pueblo humilde nos atrincheramos en torno a un proyecto emancipador que sabíamos que sería difícil. Por ello, la derecha radical nunca perdonó al Comandante y le dio un golpe de Estado derogando la Constitución de 1999. Pero fue el pueblo de a pie, ese mismo que hoy se pretende invisibilizar con discursos de "renacer", quien lo rescató y lo devolvió a la presidencia.

"...Esta etapa debe cerrarse, para iniciar un nuevo tiempo político basado en la verdad, la justicia y la capacidad de mirar hacia adelante juntos, y encontrar en el diálogo político respetuoso un espacio genuino para dirimir las diferencias que como venezolanos tenemos..."
Delcy Rodríguez 

Esto es el fin de un proyecto liberador como ninguno ha vivido la historia patria.
¿Cómo escuchar y leer esta parte del discurso sin rememorar todas las veces que la Revolución llamó a la oposición al camino democrático, a trabajar por Venezuela, a construir un país de inclusión donde todos cupiéramos, aun dentro de nuestras diferencias?

Sin embargo, su respuesta siempre fue el poder a costa de todo. Esa es la verdad.
Justicia hubiera sido que quienes llamaron al bloqueo, a las sanciones, a las guarimbas, a quemar personas y a descargar su odio porque no lograban a través del voto el poder político, pagaran cárcel. Sin embargo, pasó lo que nuestro Padre Libertador ya nos había advertido en el Manifiesto de Cartagena: "A cada conspiración sucedía un perdón, y a cada perdón sucedía otra conspiración que se volvía a perdonar".

El diálogo fue premisa fundamental tanto del Gobierno del presidente Chávez como del presidente Nicolás Maduro. Y fue la oposición política la que siempre pateó la mesa. Hoy, desde esta tribuna, se pretende culpar al proyecto bolivariano de falta de voluntad para el diálogo, cuando fue este el que siempre buscó canales de entendimiento.

"...Me complace anunciar que Venezuela ha iniciado un proceso de transformación democrática para su renacer. Un proceso ordenado, institucional y verificable, para construir un país más libre para todos, más próspero y más reconciliado consigo mismo..."

"...Un proceso de cambio político, económico y espiritual de reformas estructurales para el renacer de Venezuela. Para el renacer de nuestra nación. Para el renacer de nuestro pueblo..."
Delcy Rodríguez 

Y... si ahora estamos iniciando un proceso de "transformación democrática" para nuestro renacer, entonces debemos aceptar una conclusión demoledora: estos 27 años fueron todo menos una democracia participativa y protagónica. Todas las consultas populares, todos los referéndums, todas las elecciones presidenciales, parlamentarias, regionales y municipales fueron una farsa. La Constitución del 99, esa que el pueblo juró defender, no era una democracia "verdadera". Ahora, al parecer, toca "renacer" como democracia de verdad.

Pero hay preguntas que este discurso no se atreve a responder. ¿Quién "verificará" este nuevo proceso? ¿Acaso entregaremos nuestra soberanía electoral a organismos internacionales que nunca verificaron el asedio, el bloqueo criminal ni la guerra híbrida que nos impidió desarrollar nuestra democracia? Se nos dice que teníamos instituciones fallidas, pero nunca se mencionan los enormes esfuerzos de resistencia que hicimos como pueblo para soportar el cerco. Solo se nos dice que perdimos, y se nos pide, como pueblo rebelde, que aceptemos tranquilos el fin de la Quinta República, el fin de nuestra revolución.

Y lo más ofensivo: se nos pide "reconciliarnos con nosotros mismos", como si el pueblo estuviera enfermo de su propia voluntad, como si la división fuera culpa nuestra y no producto de una agresión externa sin precedentes. Se nos pide que no hagamos "lo del Caracazo", sin recordar que el Caracazo fue reprimido por la misma élite que hoy regresa con estas "reformas estructurales". Es una amenaza disfrazada de consejo.

Y, sin embargo, nos queda la memoria. Nos queda la estrofa de nuestro himno nacional, que este discurso pretende silenciar: "Y si el despotismo levanta la voz, seguid el ejemplo que Caracas dio".

Porque Caracas no dio ejemplo de rendición. Caracas dio ejemplo de dignidad.

Y esa dignidad no se negocia, no se reconcilia, no se rinde.

viernes, 25 de septiembre de 2026

El Dilema de Caifás: La inevitable tragedia del pragmatismo político

Y Caifás, cuando entregó a Jesús de Nazaret para que lo crucificaran, tenía razón... al menos desde la fría y calculadora lógica de la Razón de Estado. En el evangelio según San Juan, el sumo sacerdote resume el manual definitivo del realpolitik al sentenciar: "Os conviene que un solo hombre muera por el pueblo, y no que perezca toda la nación". Más allá de cualquier interpretación teológica, Caifás encarna el arquetipo del pragmatismo político: la disposición a sacrificar la pureza moral, los ideales e incluso a los inocentes en el altar de la estabilidad y la supervivencia del sistema.

El pragmatismo político no es una anomalía, es la regla de oro. Entender cómo se mueve la política real es asomarse a un abismo mucho más cruel de lo que la ingenuidad popular suele imaginar. La historia nos demuestra que todo proceso político, especialmente aquellos que nacen con vocación de cambio, está condenado a transitar por un ciclo vital ineludible.

Podemos definir que todo proceso político maduro atraviesa, inevitablemente, las siguientes etapas:

1. La Etapa Romántica

Suele ser la etapa de la utopía, la del sueño. Es el momento de la pureza ideológica, donde de manera casi pueril se imagina una sociedad idílica. Aquí nacen los manifiestos, las arengas encendidas y la certeza absoluta de que se posee la verdad. En esta fase, el proyecto político es un lienzo en blanco donde no existen las contradicciones, solo la promesa de un paraíso terrenal. Los líderes son profetas y los seguidores, creyentes.

2. La Etapa Heroica

Es el momento del choque contra la realidad. Aquí los militantes hacen los mayores sacrificios por amor al proyecto revolucionario o transformador. Se entregan las comodidades, la reputación y, en los casos más extremos, se sacrifica la vida misma en nombre de la causa. Es la etapa del mártir, de la trinchera y de la solidaridad inquebrantable frente al enemigo común. El sufrimiento une y legitima: la sangre derramada se convierte en el cimiento moral del nuevo orden que se promete construir.

3. La Etapa Pragmática (o de la Razón de Estado)

Luego viene el momento de la verdad: la etapa donde, alcanzados los objetivos revolucionarios y conquistado el poder, el sueño choca contra la pared de la governabilidad. Es aquí donde ocurre la gran mutación. Los revolucionarios descubren con horror que gobernar no es lo mismo que rebelarse. Para mantener el poder, administrar la economía, contentar a las mayorías y evitar el caos, los nuevos gobernantes deben empezar a hacer pactos con sus antiguos enemigos.

Es en esta etapa donde el idealismo muere y nace el pragmatismo. Los héroes de la etapa anterior, aquellos que se negaban a transar, se convierten en un estorbo para la nueva burocracia. Es el momento "caifás" de todo movimiento político: el líder, ahora convertido en gobernante, comprende que para salvar la revolución (o al menos lo que queda de ella), debe sacrificar a sus antiguos camaradas, traicionar sus promesas de campaña y adoptar las mismas mañas del viejo régimen que juró destruir.

El ocaso de la utopía
La tragedia de la política real es que el éxito corrompe los fines. Quienes llegaron al poder empuñando la espada de la justicia, terminan usando la balanza del oportunismo. El pragmatismo es cruel porque exige que, para sostener la estructura, se devore a los propios hijos.

Al final del ciclo, la sociedad comprende la gran lección de la historia: las utopías solo sirven para caminar, pero son inútiles para habitar. Y en el momento exacto en que un idealista toma las riñas del Estado, descubre con espanto que, para mantener el timón a flote, debe aprender a pensar, actuar y sacrificar exactamente igual que Caifás.

lunes, 31 de agosto de 2026

El contrato petrolero, nada que festejar





 «La soberanía del pueblo es la única autoridad legítima de las naciones.»

Simón Bolívar

«La soberanía es el ejercicio pleno y absoluto del poder del pueblo para ser dueño de su propio destino.»

Hugo Chávez

Qué difícil resulta, en lo personal, celebrar la firma del contrato entre el Gobierno venezolano y el estadounidense, especialmente cuando representa una nueva afrenta a nuestra soberanía y dignidad.

Hay que decirlo con claridad: dentro de la política pragmática de supervivencia a la que hemos sido arrojados, se entiende cualquier gestión que nos permita organizarnos, ganar tiempo y alejar la amenaza militar. Sin embargo, de allí a mostrar entusiasmo o estar radiante alegría, hay un absurdo inconcebible.

Si con Chávez aprendimos que la soberanía es el ejercicio pleno y absoluto del poder popular para decidir nuestro destino, cabe preguntarse: ¿se firmó este acuerdo bajo ese ejercicio soberano o bajo la coerción impuesta a partir los hechos del 3 de enero? Si es esto último, no hay nada que festejar, aun cuando comprendamos las difíciles decisiones que, bajo franca amenaza, deba asumir la presidenta encargada.

Es un contrato injusto e írrito, originado en el chantaje militar. Para colmo, los recursos generados no ingresarán directamente al erario público nacional, sino a una cuenta administrada a discreción del propio Gobierno norteamericano.

Nuestra narrativa debe ser categórica para que el pueblo comprenda la realidad: somos víctimas del chantaje de una potencia extranjera que pretende imponer su voluntad. Ningún acuerdo comercial alcanzado en estas condiciones puede disfrazarse de victoria o motivo de orgullo, pues lleva impregnado el desprecio del agresor, evidente en la cobertura de las grandes corporaciones mediáticas.

Hoy, más que nunca, debemos llamar al imperio por su nombre y señalar a los responsables directos de nuestra precariedad. Frente a la agresión, suavizar el lenguaje no es diplomacia: es aceptar la sumisión colonial.


jueves, 6 de agosto de 2026

La nueva etapa de la revolución


La revolución y sus ciclos, sus avances y sus retrocesos. En ese bamboleo escucho las palabras duras y tristes del hijo de la panadera cuando era entregado en el puerto de La Guaira por los patriotas de aquella época; Francisco de Miranda, el Gran Precursor, exclamaba: «¡Bochinche, bochinche! Este pueblo es puro bochinche».

Y hoy, como en una novela de Gabo —cien años de soledad—, pareciera que sobre nuestra América pesara una maldición que no permitiera romper el ciclo, como si estuviéramos obligados a repetirlo.

El 3 de enero, entre llantos y sobresaltos, se llevaron a nuestro presidente y líder, secuestrado y humillado, y con él toda nuestra patria, todo nuestro gentilicio. Todo quedó enmudecido. Se nos pidió callar, se nos pidió no pensar, no analizar, pues dudar, pensar o analizar era traición.

Y desde el gobierno se impusieron cambios, con la excusa de que los aviones del imperio, con sus misiles, estaban ya casi sobre nosotros, listos para desatar un infierno de muerte y destrucción.

Perdimos la independencia, el manejo soberano de nuestros recursos. Perdimos la brújula, y el gran faro de libertad que éramos se apagó.

Y esto lo escribo, lo digo con tristeza, pero con el ánimo de buscar salidas, de romper el maleficio, de reencontrarnos y ser nuevamente los hijos e hijas de Bolívar, indómitos, indomables, fuentes de inspiración y de las más grandes proezas; de que eso deje de ser una consigna más y se convierta en acción transformadora.

Hoy llamo y convoco, primero, a los espíritus de nuestros ancestros aborígenes y de los negros traídos como esclavos; a los marginados de la periferia; a los que, ya visibilizados, no queremos regresar a las sombras, al ostracismo ni al oscurantismo. No es hora de tender las hamacas: es la hora del coraje, de la valentía y del combate por recuperar nuestra amada patria.

viernes, 12 de junio de 2026

Seis meses



A meses de los funesto sucesos del 3 de enero donde perdieron la vida más de 100 personas, entre militares y civiles, la ausencia de un pronunciamiento oficial sobre lo ocurrido - y sobre la inactivación de las defensas aéreas y el protocolo de seguridad del presidente Nicolás Maduro— es ensordecedora. Este silencio ha dejado que el imaginario popular sea quien, poco a poco, intente reconstruir las trágicas horas del secuestro presidencial.

No existe una versión oficial ni responsabilidades asumidas. En el alto gobierno nadie ha puesto su cargo a disposición, bajo la excusa de preservar la unidad política. No obstante, la historia de nuestra revolución nos enseña que esta surgió precisamente porque alguien, por primera vez, tuvo la valentía de asumir la responsabilidad de un levantamiento militar fallido. De ese modo irrumpió el comandante Chávez en la vida política de la nación.

Lamentablemente, a quienes demandan claridad se les estigmatiza como trotskistas, herejes o entregados al imperio, silenciando así el debate y la crítica, pilares de cualquier proceso revolucionario.

Y esa crítica es vital. Lo ocurrido a posteriori —las leyes exprés de hidrocarburos y minería, entre otras acciones del gobierno encargado— se han presentado como medidas necesarias, bajo el concepto de flexibilidad táctica, sin embargo encajan en la conocida "doctrina del shock". Preludio de la privatización y el retorno al modelo de vasallaje que, como advertía el comandante Chávez, siempre estará al acecho.

Nos inquieta el mutismo. El venezolano ha desarrollado una madurez política y una resiliencia racional: sabe comprender, abordar con altura y actuar en consecuencia. Subestimar al pueblo tratándolo como un niño es un error mayúsculo de la dirigencia.

Continuamos analizando, con la esperanza de que el pueblo venezolano levante la voz que Chávez nos devolvió, para exigir respuestas, sin importar cuán dolorosas puedan ser.