martes, 29 de septiembre de 2026

Por Ahora, ¿el fin de la historia?


"....No faltarán los que traten de aprovechar coyunturas difíciles para mantener ese empeño de la restauración del capitalismo, del neoliberalismo, para acabar con la Patria. No, no podrán..."
Hugo Chávez 

Hoy somos testigos del fin de una época, el fin de los grandes sueños y esperanzas de toda una generación que luchó por ver la utopía, por abrazarla, por vivirla; y como todo en esta vida, la utopía culminó, por ahora. El discurso oficial que la Presidenta Encargada leyó es el acta es el fin de un periodo glorioso de un pueblo que soñó, que acarició las puertas del cielo...

"...Vengo a esta asamblea como una hija más de Venezuela a presentar las aspiraciones de un país que busca construir su propio destino luego de conflictos políticos que cerraron sus espacios para que las distintas corrientes encontraran un lugar para dirimir sus diferencias y en medio de un duro bloqueo económico que dio al traste con el desarrollo de inclusión e igualdad..."
Delcy Rodríguez 

Y con Hugo Chávez se abrieron las puertas de las grandes alamedas...

Desde el inicio del proyecto de la Revolución Bolivariana, la inclusión de los excluidos y marginados exigía una inevitable confrontación. Confrontación por ser visibilizados, confrontación por ser partícipes de los beneficios de las riquezas de la patria que solo unos pocos disfrutaban: los amos del Valle. Eso era a lo interno. A lo externo, era la contradicción al "Fin de la Historia" de Fukuyama, era el mal ejemplo para la región: una revolución socialista en el país con las mayores reservas de petróleo, era decir, ya no somos el patio trasero de nadie.

"...Durante mucho tiempo fuimos un país dividido entre trincheras, donde el color de una bandera partidista pesaba más que el apellido común que compartimos todos los venezolanos..."
Delcy Rodríguez 

Antes no nos dividían colores de bandera; teníamos el mismo apellido: "venezolanos". Pero lo que realmente nos partía en dos eran las clases sociales. Antes ni siquiera existíamos; como estrato social éramos los marginados, el lumpen, los que vivíamos y moríamos en los cerros de los barrios, condenados a cien años de soledad.

Fue Hugo Chávez quien nos dio la bandera de la dignidad y comenzó a visibilizarnos. Y sí, junto al pueblo humilde nos atrincheramos en torno a un proyecto emancipador que sabíamos que sería difícil. Por ello, la derecha radical nunca perdonó al Comandante y le dio un golpe de Estado derogando la Constitución de 1999. Pero fue el pueblo de a pie, ese mismo que hoy se pretende invisibilizar con discursos de "renacer", quien lo rescató y lo devolvió a la presidencia.

"...Esta etapa debe cerrarse, para iniciar un nuevo tiempo político basado en la verdad, la justicia y la capacidad de mirar hacia adelante juntos, y encontrar en el diálogo político respetuoso un espacio genuino para dirimir las diferencias que como venezolanos tenemos..."
Delcy Rodríguez 

Esto es el fin de un proyecto liberador como ninguno ha vivido la historia patria.
¿Cómo escuchar y leer esta parte del discurso sin rememorar todas las veces que la Revolución llamó a la oposición al camino democrático, a trabajar por Venezuela, a construir un país de inclusión donde todos cupiéramos, aun dentro de nuestras diferencias?

Sin embargo, su respuesta siempre fue el poder a costa de todo. Esa es la verdad.
Justicia hubiera sido que quienes llamaron al bloqueo, a las sanciones, a las guarimbas, a quemar personas y a descargar su odio porque no lograban a través del voto el poder político, pagaran cárcel. Sin embargo, pasó lo que nuestro Padre Libertador ya nos había advertido en el Manifiesto de Cartagena: "A cada conspiración sucedía un perdón, y a cada perdón sucedía otra conspiración que se volvía a perdonar".

El diálogo fue premisa fundamental tanto del Gobierno del presidente Chávez como del presidente Nicolás Maduro. Y fue la oposición política la que siempre pateó la mesa. Hoy, desde esta tribuna, se pretende culpar al proyecto bolivariano de falta de voluntad para el diálogo, cuando fue este el que siempre buscó canales de entendimiento.

"...Me complace anunciar que Venezuela ha iniciado un proceso de transformación democrática para su renacer. Un proceso ordenado, institucional y verificable, para construir un país más libre para todos, más próspero y más reconciliado consigo mismo..."

"...Un proceso de cambio político, económico y espiritual de reformas estructurales para el renacer de Venezuela. Para el renacer de nuestra nación. Para el renacer de nuestro pueblo..."
Delcy Rodríguez 

Y... si ahora estamos iniciando un proceso de "transformación democrática" para nuestro renacer, entonces debemos aceptar una conclusión demoledora: estos 27 años fueron todo menos una democracia participativa y protagónica. Todas las consultas populares, todos los referéndums, todas las elecciones presidenciales, parlamentarias, regionales y municipales fueron una farsa. La Constitución del 99, esa que el pueblo juró defender, no era una democracia "verdadera". Ahora, al parecer, toca "renacer" como democracia de verdad.

Pero hay preguntas que este discurso no se atreve a responder. ¿Quién "verificará" este nuevo proceso? ¿Acaso entregaremos nuestra soberanía electoral a organismos internacionales que nunca verificaron el asedio, el bloqueo criminal ni la guerra híbrida que nos impidió desarrollar nuestra democracia? Se nos dice que teníamos instituciones fallidas, pero nunca se mencionan los enormes esfuerzos de resistencia que hicimos como pueblo para soportar el cerco. Solo se nos dice que perdimos, y se nos pide, como pueblo rebelde, que aceptemos tranquilos el fin de la Quinta República, el fin de nuestra revolución.

Y lo más ofensivo: se nos pide "reconciliarnos con nosotros mismos", como si el pueblo estuviera enfermo de su propia voluntad, como si la división fuera culpa nuestra y no producto de una agresión externa sin precedentes. Se nos pide que no hagamos "lo del Caracazo", sin recordar que el Caracazo fue reprimido por la misma élite que hoy regresa con estas "reformas estructurales". Es una amenaza disfrazada de consejo.

Y, sin embargo, nos queda la memoria. Nos queda la estrofa de nuestro himno nacional, que este discurso pretende silenciar: "Y si el despotismo levanta la voz, seguid el ejemplo que Caracas dio".

Porque Caracas no dio ejemplo de rendición. Caracas dio ejemplo de dignidad.

Y esa dignidad no se negocia, no se reconcilia, no se rinde.

viernes, 25 de septiembre de 2026

El Dilema de Caifás: La inevitable tragedia del pragmatismo político

Y Caifás, cuando entregó a Jesús de Nazaret para que lo crucificaran, tenía razón... al menos desde la fría y calculadora lógica de la Razón de Estado. En el evangelio según San Juan, el sumo sacerdote resume el manual definitivo del realpolitik al sentenciar: "Os conviene que un solo hombre muera por el pueblo, y no que perezca toda la nación". Más allá de cualquier interpretación teológica, Caifás encarna el arquetipo del pragmatismo político: la disposición a sacrificar la pureza moral, los ideales e incluso a los inocentes en el altar de la estabilidad y la supervivencia del sistema.

El pragmatismo político no es una anomalía, es la regla de oro. Entender cómo se mueve la política real es asomarse a un abismo mucho más cruel de lo que la ingenuidad popular suele imaginar. La historia nos demuestra que todo proceso político, especialmente aquellos que nacen con vocación de cambio, está condenado a transitar por un ciclo vital ineludible.

Podemos definir que todo proceso político maduro atraviesa, inevitablemente, las siguientes etapas:

1. La Etapa Romántica

Suele ser la etapa de la utopía, la del sueño. Es el momento de la pureza ideológica, donde de manera casi pueril se imagina una sociedad idílica. Aquí nacen los manifiestos, las arengas encendidas y la certeza absoluta de que se posee la verdad. En esta fase, el proyecto político es un lienzo en blanco donde no existen las contradicciones, solo la promesa de un paraíso terrenal. Los líderes son profetas y los seguidores, creyentes.

2. La Etapa Heroica

Es el momento del choque contra la realidad. Aquí los militantes hacen los mayores sacrificios por amor al proyecto revolucionario o transformador. Se entregan las comodidades, la reputación y, en los casos más extremos, se sacrifica la vida misma en nombre de la causa. Es la etapa del mártir, de la trinchera y de la solidaridad inquebrantable frente al enemigo común. El sufrimiento une y legitima: la sangre derramada se convierte en el cimiento moral del nuevo orden que se promete construir.

3. La Etapa Pragmática (o de la Razón de Estado)

Luego viene el momento de la verdad: la etapa donde, alcanzados los objetivos revolucionarios y conquistado el poder, el sueño choca contra la pared de la governabilidad. Es aquí donde ocurre la gran mutación. Los revolucionarios descubren con horror que gobernar no es lo mismo que rebelarse. Para mantener el poder, administrar la economía, contentar a las mayorías y evitar el caos, los nuevos gobernantes deben empezar a hacer pactos con sus antiguos enemigos.

Es en esta etapa donde el idealismo muere y nace el pragmatismo. Los héroes de la etapa anterior, aquellos que se negaban a transar, se convierten en un estorbo para la nueva burocracia. Es el momento "caifás" de todo movimiento político: el líder, ahora convertido en gobernante, comprende que para salvar la revolución (o al menos lo que queda de ella), debe sacrificar a sus antiguos camaradas, traicionar sus promesas de campaña y adoptar las mismas mañas del viejo régimen que juró destruir.

El ocaso de la utopía
La tragedia de la política real es que el éxito corrompe los fines. Quienes llegaron al poder empuñando la espada de la justicia, terminan usando la balanza del oportunismo. El pragmatismo es cruel porque exige que, para sostener la estructura, se devore a los propios hijos.

Al final del ciclo, la sociedad comprende la gran lección de la historia: las utopías solo sirven para caminar, pero son inútiles para habitar. Y en el momento exacto en que un idealista toma las riñas del Estado, descubre con espanto que, para mantener el timón a flote, debe aprender a pensar, actuar y sacrificar exactamente igual que Caifás.

lunes, 31 de agosto de 2026

El contrato petrolero, nada que festejar





 «La soberanía del pueblo es la única autoridad legítima de las naciones.»

Simón Bolívar

«La soberanía es el ejercicio pleno y absoluto del poder del pueblo para ser dueño de su propio destino.»

Hugo Chávez

Qué difícil resulta, en lo personal, celebrar la firma del contrato entre el Gobierno venezolano y el estadounidense, especialmente cuando representa una nueva afrenta a nuestra soberanía y dignidad.

Hay que decirlo con claridad: dentro de la política pragmática de supervivencia a la que hemos sido arrojados, se entiende cualquier gestión que nos permita organizarnos, ganar tiempo y alejar la amenaza militar. Sin embargo, de allí a mostrar entusiasmo o estar radiante alegría, hay un absurdo inconcebible.

Si con Chávez aprendimos que la soberanía es el ejercicio pleno y absoluto del poder popular para decidir nuestro destino, cabe preguntarse: ¿se firmó este acuerdo bajo ese ejercicio soberano o bajo la coerción impuesta a partir los hechos del 3 de enero? Si es esto último, no hay nada que festejar, aun cuando comprendamos las difíciles decisiones que, bajo franca amenaza, deba asumir la presidenta encargada.

Es un contrato injusto e írrito, originado en el chantaje militar. Para colmo, los recursos generados no ingresarán directamente al erario público nacional, sino a una cuenta administrada a discreción del propio Gobierno norteamericano.

Nuestra narrativa debe ser categórica para que el pueblo comprenda la realidad: somos víctimas del chantaje de una potencia extranjera que pretende imponer su voluntad. Ningún acuerdo comercial alcanzado en estas condiciones puede disfrazarse de victoria o motivo de orgullo, pues lleva impregnado el desprecio del agresor, evidente en la cobertura de las grandes corporaciones mediáticas.

Hoy, más que nunca, debemos llamar al imperio por su nombre y señalar a los responsables directos de nuestra precariedad. Frente a la agresión, suavizar el lenguaje no es diplomacia: es aceptar la sumisión colonial.


jueves, 6 de agosto de 2026

La nueva etapa de la revolución


La revolución y sus ciclos, sus avances y sus retrocesos. En ese bamboleo escucho las palabras duras y tristes del hijo de la panadera cuando era entregado en el puerto de La Guaira por los patriotas de aquella época; Francisco de Miranda, el Gran Precursor, exclamaba: «¡Bochinche, bochinche! Este pueblo es puro bochinche».

Y hoy, como en una novela de Gabo —cien años de soledad—, pareciera que sobre nuestra América pesara una maldición que no permitiera romper el ciclo, como si estuviéramos obligados a repetirlo.

El 3 de enero, entre llantos y sobresaltos, se llevaron a nuestro presidente y líder, secuestrado y humillado, y con él toda nuestra patria, todo nuestro gentilicio. Todo quedó enmudecido. Se nos pidió callar, se nos pidió no pensar, no analizar, pues dudar, pensar o analizar era traición.

Y desde el gobierno se impusieron cambios, con la excusa de que los aviones del imperio, con sus misiles, estaban ya casi sobre nosotros, listos para desatar un infierno de muerte y destrucción.

Perdimos la independencia, el manejo soberano de nuestros recursos. Perdimos la brújula, y el gran faro de libertad que éramos se apagó.

Y esto lo escribo, lo digo con tristeza, pero con el ánimo de buscar salidas, de romper el maleficio, de reencontrarnos y ser nuevamente los hijos e hijas de Bolívar, indómitos, indomables, fuentes de inspiración y de las más grandes proezas; de que eso deje de ser una consigna más y se convierta en acción transformadora.

Hoy llamo y convoco, primero, a los espíritus de nuestros ancestros aborígenes y de los negros traídos como esclavos; a los marginados de la periferia; a los que, ya visibilizados, no queremos regresar a las sombras, al ostracismo ni al oscurantismo. No es hora de tender las hamacas: es la hora del coraje, de la valentía y del combate por recuperar nuestra amada patria.

viernes, 12 de junio de 2026

Seis meses



A meses de los funesto sucesos del 3 de enero donde perdieron la vida más de 100 personas, entre militares y civiles, la ausencia de un pronunciamiento oficial sobre lo ocurrido - y sobre la inactivación de las defensas aéreas y el protocolo de seguridad del presidente Nicolás Maduro— es ensordecedora. Este silencio ha dejado que el imaginario popular sea quien, poco a poco, intente reconstruir las trágicas horas del secuestro presidencial.

No existe una versión oficial ni responsabilidades asumidas. En el alto gobierno nadie ha puesto su cargo a disposición, bajo la excusa de preservar la unidad política. No obstante, la historia de nuestra revolución nos enseña que esta surgió precisamente porque alguien, por primera vez, tuvo la valentía de asumir la responsabilidad de un levantamiento militar fallido. De ese modo irrumpió el comandante Chávez en la vida política de la nación.

Lamentablemente, a quienes demandan claridad se les estigmatiza como trotskistas, herejes o entregados al imperio, silenciando así el debate y la crítica, pilares de cualquier proceso revolucionario.

Y esa crítica es vital. Lo ocurrido a posteriori —las leyes exprés de hidrocarburos y minería, entre otras acciones del gobierno encargado— se han presentado como medidas necesarias, bajo el concepto de flexibilidad táctica, sin embargo encajan en la conocida "doctrina del shock". Preludio de la privatización y el retorno al modelo de vasallaje que, como advertía el comandante Chávez, siempre estará al acecho.

Nos inquieta el mutismo. El venezolano ha desarrollado una madurez política y una resiliencia racional: sabe comprender, abordar con altura y actuar en consecuencia. Subestimar al pueblo tratándolo como un niño es un error mayúsculo de la dirigencia.

Continuamos analizando, con la esperanza de que el pueblo venezolano levante la voz que Chávez nos devolvió, para exigir respuestas, sin importar cuán dolorosas puedan ser.

jueves, 19 de marzo de 2026

PROHIBIDO ABANDONAR A CUBA


El 3 de enero de 2026 quedará grabado en la historia como el día en que 32 combatientes cubanos dieron su vida defendiendo al presidente Nicolás Maduro en territorio venezolano. El Gobierno de Cuba confirmó oficialmente estas muertes y repatrió los restos con honores. Apenas semanas después, Venezuela decidió cesar el envío de petróleo a Cuba, el cual representaba aproximadamente el 30% de las necesidades energéticas de la isla. La pregunta quema en el alma de millones: ¿fueron en vano esas 32 vidas?

Cuba, a pesar del bloqueo económico ilegal impuesto por Estados Unidos durante más de seis décadas, nunca abandonó a Venezuela. Desde el inicio de la Revolución Bolivariana, la isla envió miles de médicos, educadores y técnicos para trabajar en las comunidades más vulnerables del país. Nunca hubo condición. Nunca hubo precio. Nunca hubo abandono. Cuando Venezuela enfrentó sus momentos más oscuros —golpes de estado, sabotajes económicos, amenazas militares— Cuba estuvo allí. Sin dudar. Sin calcular.

Este abandono contradice frontalmente los principios bolivarianos y chavistas que predican la solidaridad inquebrantable. Simón Bolívar soñó con una Patria Grande unida; Hugo Chávez y Fidel Castro se juraron lealtad eterna. Los principios del pensamiento bolivariano incluyen equidad, inclusión, participación y, sobre todo, solidaridad. ¿Dónde queda esa solidaridad cuando el hermano está en la hora más oscura? Si Cuba cae, Venezuela pierde su principal aliado regional y envía un mensaje devastador a Nicaragua, Bolivia y todos los gobiernos progresistas de América Latina.

La verdadera prueba de los principios no es en la abundancia, sino en la adversidad. Pensar que las potencias extranjeras permitirán mayor tranquilidad por este gesto es no comprender cómo funciona el sistema internacional: las concesiones se interpretan como debilidad, no como paz. Cuba ya registra apagones totales y niveles récord de escasez energética. Millones de civiles cubanos no tienen responsabilidad en las decisiones gubernamentales venezolanas, pero pagarán el precio.

Cuba no abandonó a Venezuela cuando el imperio presionaba, cuando el petróleo era escaso, cuando 32 de sus hijos cayeron defendiendo la revolución. Venezuela no tiene derecho moral de abandonar a Cuba ahora. La historia nos juzgará: ¿seremos recordados como los que traicionaron la solidaridad o como los que permanecieron leales? No abandonar a Cuba no es una opción. Es un deber histórico. La verdadera independencia de América Latina se construye con lealtad, no con traición. Con solidaridad, no con cálculo. Con memoria, no con olvido.

sábado, 31 de enero de 2026

Perdón y Poder: Cuando la Clemencia se Convierte en Vulnerabilidad Estratégica





En política, como en guerra, no todas las batallas se libran con fusiles. Algunas se disputan en el terreno más delicado de la memoria histórica. Y es allí, precisamente, donde resuena con escalofriante actualidad una advertencia del Libertador Simón Bolívar, escrita en 1819 desde el exilio de Santa Fe de Bogotá: "La clemencia mal entendida fue una de las causas de la ruina de la Primera República. A cada perdón venía una nueva rebelión, y a esta un nuevo perdón, hasta que agotados los recursos del Estado y la paciencia pública, vino la destrucción inevitable".

Bolívar no condenaba el perdón en sí. Condenaba su aplicación desprovista de garantías estructurales. Y es esa distinción —sutil pero letal— la que hoy nos interpela frente al debate sobre amnistías y reconciliación en Venezuela.

El precedente de 2002: clemencia sin blindaje

El 11 de abril de 2002, tras el golpe de Estado que lo sacó brevemente del poder, Hugo Chávez optó por una decisión que muchos celebraron como gesto magnánimo: otorgó amnistía a los militares y civiles involucrados en la sublevación. Pedro Carmona, Carlos Ortega, Daniel Romero y decenas de oficiales golpistas recuperaron su libertad sin juicio político ni sanción administrativa.

La lógica era comprensible: evitar la fractura irreversible de las Fuerzas Armadas, tejer unidad nacional, demostrar superioridad moral frente a la venganza. Pero faltó un elemento crucial: mecanismos de contención que impidieran la reiteración del golpismo bajo nuevas formas.

Siete meses después, en diciembre de 2002, ese mismo grupo —reforzado con sectores empresariales y sindicales— orquestó el paro petrolero que paralizó al país durante dos meses. No fue un acto espontáneo: fue una operación coordinada con apoyo logístico y financiero externo, documentada por investigaciones del Centro de Investigación y Documentación de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y por testimonios de funcionarios estadounidenses como Roger Noriega, quien admitió en 2005 haber facilitado recursos a la oposición durante ese período.

Luego vinieron los acaparamientos sistemáticos (2006-2008), las guarimbas de 2014 y 2017 —con saldo de más de 130 muertos según la Fiscalía General—, y el intento de ingreso de "ayuda humanitaria" en 2019, que el Tribunal Supremo de Justicia identificó como operación de desestabilización con apoyo de inteligencia extranjera.

 La evidencia está en las redes, sí. Pero también en los archivos del Ministerio Público, en las sentencias del TSJ y en los informes de la Contraloría General que documentan cómo los mismos actores, amnistiados una y otra vez, transitaron del golpe militar al sabotaje económico, de la violencia callejera al asedio diplomático.

Bolívar no temía perdonar; temía perdonar sin soberanía consolidada

Es fundamental no descontextualizar la advertencia bolivariana. Bolívar no era un vengador sediento de sangre. En Angostura (1819) propuso amnistías generales siempre que se acompañaran de:

1. Desarme efectivo de los sectores rebeldes;

2. Reconfiguración institucional que eliminara focos de poder paralelo;

3. Construcción de un ejército patriota leal a la República, no a caudillos locales;

4. Soberanía económica que rompiera la dependencia de élites comerciales aliadas al imperio español.

En otras palabras: Bolívar entendía que el perdón político solo es viable cuando el Estado —y más aún, el poder popular— ha consolidado su capacidad de disuasión. Sin esa base material, la clemencia se convierte en señal de debilidad percibida por el adversario, quien la interpreta no como generosidad, sino como oportunidad para una nueva ofensiva.

El dilema actual: ¿clemencia estratégica o ingenuidad histórica?

Hoy enfrentamos una encrucijada similar. Frente a propuestas de amnistía amplia como vía para "normalizar" relaciones internacionales, debemos formularnos preguntas incómodas pero necesarias:

- ¿Qué garantías institucionales existen para impedir que quienes han promovido golpes, guarimbas y sabotajes económicos —documentados en expedientes judiciales— no repitan esas acciones bajo nuevas modalidades?

- ¿Se ha consolidado el poder popular al punto de constituir un contrapeso material frente a intentos de desestabilización? Las comunas, los consejos comunales, las empresas de producción social: ¿tienen control real sobre recursos estratégicos, circuitos de distribución y seguridad territorial?

- ¿La amnistía actual responde a una posición de fuerza negociadora —como la de Mandela tras 27 años de cárcel y con el ANC fortalecido— o a una posición de debilidad ante presiones externas?

La historia no se repite, decía Marx, pero sí se repite como farsa. Y la farsa más peligrosa sería creer que perdonar sin blindaje estratégico nos conducirá a la reconciliación, cuando la evidencia histórica muestra que conduce a nuevas rebeliones —ahora potenciadas por el respaldo explícito de una potencia que jamás ha ocultado su objetivo de "cambio de régimen" en Venezuela.

 Hacia una clemencia con dientes: el poder popular como condición

No se trata de abogar por el rencor permanente. Se trata de defender una premisa estratégica elemental: la reconciliación genuina solo es posible desde la fortaleza, no desde la vulnerabilidad.

Una amnistía responsable debería cumplir, como mínimo, estos criterios:

1. No ser unilateral: Debe negociarse desde una posición de soberanía consolidada, no como concesión bajo presión.

2. Exigir contrapartidas materiales: Compromisos públicos de no injerencia, desmantelamiento de estructuras paralelas de poder, participación en procesos de verdad con enfoque restaurativo.

3. Fortalecer previamente el poder popular: Antes de cualquier gesto de apertura, consolidar el control comunal sobre alimentos, medicinas, energía y seguridad local. Un pueblo organizado es la mejor garantía contra la reiteración del golpismo.

4. Diferenciar niveles de responsabilidad: No es lo mismo un joven cooptado en una guarimba que un operador financiado por agencias extranjeras para desestabilizar el país. La justicia restaurativa exige matices, no amnistías indiscriminadas.

La lección que Bolívar nos legó no es el rencor, sino la prudencia

El Libertador no nos dejó como herencia el odio. Nos dejó una lección de realismo político: la clemencia sin soberanía consolidada es un boomerang que regresa con mayor violencia. 

Chávez perdonó en 2002 movido por una ética revolucionaria admirable. Pero omitió blindar institucionalmente ese perdón. El resultado: siete meses después, el mismo sector orquestó el sabotaje petrolero más grave de nuestra historia republicana.

Hoy, frente a nuevas propuestas de amnistía, no se trata de negar el diálogo. Se trata de recordar que el perdón político no es un acto moral aislado; es una decisión estratégica que debe evaluarse bajo una sola lupa: ¿fortalece o debilita la capacidad del pueblo para defender su soberanía?

Mientras las comunas no controlen efectivamente los recursos de sus territorios, mientras los consejos comunales no tengan poder real sobre la distribución de alimentos y medicinas, mientras el poder popular siga siendo retórica más que materialidad, cualquier amnistía amplia corre el riesgo de convertirse en la antesala de una nueva rebelión —esta vez con el respaldo explícito de un imperio que jamás ha renunciado a sus ambiciones sobre Venezuela.

Bolívar lo advirtió hace dos siglos. Chávez lo experimentó en carne propia en 2002-2003. La historia no nos condena a repetir errores. Pero exige que leamos sus lecciones sin ingenuidad ni dogmatismo. Con la memoria viva y la estrategia despierta.

Porque no se trata de no perdonar. Se trata de perdonar desde la fuerza, no desde la debilidad. Y esa fuerza solo la construye un pueblo organizado, con el control de su territorio y su destino en sus propias manos.

jueves, 29 de enero de 2026

La doctrina del shock en el corazón del petróleo: la reforma de la Ley de Hidrocarburos como oportunidad para el capital



El 29 de enero de 2026, la Asamblea Nacional aprobó por unanimidad la reforma parcial de la Ley Orgánica de Hidrocarburos. Presentada como una medida técnica para “reactivar la producción” y “atraer inversión extranjera”, la reforma introduce cambios profundos: flexibiliza las condiciones económicas de los proyectos, amplía beneficios fiscales y parafiscales, y reduce el control parlamentario sobre los contratos petroleros . En un contexto de crisis energética, escasez de divisas y sanciones internacionales, la medida se vende como la única salida viable.

Pero si miramos con lupa a través de la lente de Naomi Klein, esta reforma no es una simple actualización legal. Es un caso clásico de lo que ella denomina la “doctrina del shock”: la estrategia sistemática de aprovecharse del caos colectivo —ya sea provocado por una guerra, un desastre natural o una crisis económica— para imponer políticas neoliberales que, en tiempos normales, serían rechazadas por la población 

Klein argumenta que el capitalismo del desastre no espera a que las sociedades se recuperen; actúa en el momento preciso de la desorientación, cuando la gente está demasiado ocupada sobreviviendo como para defender sus derechos colectivos. En Venezuela, tras años de bloqueo, sabotaje económico y ahora una agresión militar directa —la Operación Absolute Resolve del 3 de enero—, el país se encuentra en un estado de shock prolongado. Es en ese vacío de certeza donde se introduce una reforma que, lejos de fortalecer la soberanía energética, abre las puertas al control privado y extranjero de nuestro recurso estratégico más importante.

La nueva ley permite la figura de los “Contratos de Participación Productiva”, que otorgan a empresas transnacionales una participación directa en la renta petrolera, algo que la Constitución de 1999 y la legislación anterior habían limitado rigurosamente para preservar el carácter público del subsuelo. Además, al reducir la supervisión parlamentaria, se debilita uno de los pocos mecanismos de rendición de cuentas que quedaban en el sector.

Esto no es “pragmatismo”. Es desposesión estructural disfrazada de urgencia. Porque mientras se nos dice que “no hay otra opción”, se está construyendo un nuevo orden energético en el que el Estado venezolano deja de ser el dueño de su riqueza para convertirse en un socio menor de corporaciones globales.

La doctrina del shock siempre funciona así: primero viene la crisis, luego viene la “solución” que beneficia a los mismos que causaron o explotaron la crisis. Y mientras el pueblo lucha por gasolina, luz y trabajo, se le roba el futuro sin que casi se dé cuenta.

Pero la historia también enseña que el shock no es inevitable. Los pueblos pueden organizarse, resistir y exigir que las soluciones salgan desde abajo, no desde los despachos de consultoras internacionales. Defender la soberanía energética no es un lujo ideológico; es la base material de cualquier proyecto de independencia real.

Porque  como decía el Comandante Chávez, PDVSA es del PUEBLO.


“¿Es que acaso 300 años no bastan?”: Venezuela, faro de la vanguardia antiimperialista





¡Echemos el miedo a la espalda y 

salvemos a la Patria! 

Simón Bolívar



En julio de 1810, en medio de las dudas y temores, Simón Bolívar se alzó con una pregunta que encendió el fuego de la revolución en toda Suramérica: “¿Es que acaso 300 años de calma no bastan?”. No era un llamado a la prisa, sino a la dignidad. Tres siglos de saqueo, esclavitud y humillación bajo el imperio español habían demostrado que la “paz” colonial era solo otra forma de opresión. La verdadera calma, decía Bolívar, solo vendría con la libertad plena.

Hoy, frente a la agresión imperial del 3 de enero de 2026 —cuando Estados Unidos lanzó misiles sobre suelo venezolano, asesinó a cien compatriotas y secuestró al presidente Nicolás Maduro y a la Primera Combatiente Cilia Flores—, esa misma pregunta nos interpela con urgencia histórica. Porque nuevamente se nos exige “calma”, se nos pide “prudencia”, se nos insta a aceptar condiciones que atentan contra nuestra soberanía energética, territorial y popular. Pero ¿qué es esa calma sino una nueva forma de sumisión?

La vanguardia bolivariana no nació para negociar su dignidad. Nació para romper cadenas. Fue esa vanguardia la que, contra todo pronóstico, enfrentó al imperio español con fusiles hechos de esperanza y banderas tejidas con el sudor de los oprimidos. Fue esa vanguardia la que prendió la chispa de la independencia desde Caracas hasta el Alto Perú, convirtiendo a Venezuela en faro de los pueblos oprimidos del mundo.

Y hoy, ese faro sigue encendido. Porque doblegarnos ante el nuevo imperio no sería solo una derrota nacional; sería una traición a todos aquellos que en Palestina, en el Sahel, en el Kurdistán, en los barrios populares del mundo entero, miran a Venezuela como la prueba viviente de que la resistencia es posible. Si nosotros caemos, les decimos al mundo que los colonizadores, los fascistas, los genocidas… han ganado.

Bolívar lo sabía bien. En 1818, al escribirle al coronel John Irvin, afirmó con firmeza: “La mitad de los venezolanos está dispuesta a defender la patria contra el mundo, si este le ofendiera”. Esa mitad no era una cifra estadística; era una declaración de principios. Era la certeza de que, mientras exista un solo venezolano dispuesto a luchar por la soberanía, la patria no estará perdida.

Hoy, esa mitad somos millones. Somos las comunas que organizan la vida sin permiso del FMI. Somos las milicias que custodian la paz con fusil y conciencia. Somos los jóvenes que estudian en las misiones, los campesinos que siembran en tierras recuperadas, las mujeres que defienden sus cuerpos y sus territorios contra el extractivismo y la violencia.

No se trata de elegir entre radicalismo y moderación. Se trata de decidir si seguimos siendo vanguardia o nos convertimos en rehenes de la resignación. Porque si 300 años de imperio español no lograron apagar el fuego de la libertad, ninguna operación militar, sanción o chantaje energético apagará el espíritu de un pueblo que sabe que su destino no está en manos ajenas.

Venezuela no es solo una nación. Es una promesa. Y mientras esa promesa arda, el mundo tendrá luz. 

viernes, 23 de enero de 2026

Reforma petrolera y poder popular: entre los riesgos de la apertura y la urgencia de la autogestión


En medio de una crisis que ha dejado huellas profundas en cada rincón del territorio venezolano —una crisis no nacida del desorden interno, sino forjada en los laboratorios del bloqueo económico, las sanciones unilaterales y la guerra híbrida liderada por la administración de Donald Trump—, el país se enfrenta hoy a una encrucijada silenciosa pero decisiva: la reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos.

No se trata de un debate técnico entre abogados o economistas. Es una cuestión de soberanía, supervivencia y futuro colectivo. Porque detrás de cada artículo de esta propuesta legislativa no solo hay cláusulas jurídicas, sino decisiones que pueden abrir las puertas a una nueva forma de dominación o, por el contrario, reforzar la resistencia del pueblo organizado.

Y es precisamente desde ese pueblo —desde las comunas, desde los consejos comunales, desde los circuitos comunales del poder popular que han mantenido viva la llama de la autogestión en medio del colapso— que debe surgir no solo la crítica, sino la propuesta alternativa.

La trampa de la “seguridad jurídica”

El proyecto de reforma insiste en términos como “seguridad jurídica”, “transparencia contractual” y “arbitraje independiente”. En apariencia, suenan razonables. Pero en la práctica, ¿para quién se garantiza esa seguridad? ¿Acaso el pueblo venezolano ha tenido alguna vez “seguridad jurídica” frente a las corporaciones que han saqueado nuestros recursos durante décadas?

Lo que se ofrece no es protección al interés nacional, sino blindaje legal a capitales extranjeros, incluidos aquellos que podrían operar bajo estructuras opacas o incluso vinculadas a actores sancionados. El artículo que permite a socios minoritarios en empresas mixtas comercializar directamente su cuota de petróleo, abrir cuentas en cualquier moneda y gestionar técnicamente los campos es, en esencia, una cesión funcional del control estatal. La soberanía se reduce a un 51% simbólico, mientras el poder real —la decisión sobre quién vende, a qué precio y con qué ganancias— se traslada fuera de nuestras fronteras.

Peor aún: se abre la puerta a arbitrajes internacionales sin límites claros. Y basta recordar los casos de ConocoPhillips o Crystallex para entender que esos tribunales no defienden la justicia, sino los intereses del capital global.

Más allá de la denuncia: el poder popular necesita recursos reales

Denunciar estos riesgos es necesario, pero insuficiente. El poder popular no puede limitarse a ser un observador crítico; debe convertirse en gestor activo de alternativas soberanas. Y aquí radica una propuesta concreta, viable y profundamente revolucionaria:

Crear un Banco Nacional de las Comunas, financiado directamente por un pozo petrolero asignado a la gestión comunal.

Imaginemos esto: un campo petrolero —pequeño, marginal, pero productivo— cuya renta no alimente burocracias ni se disperse en mecanismos clientelares, sino que fluya directamente a un fondo autogestionado por las comunas. Ese fondo, canalizado a través de un banco comunal público y democrático, permitiría:

  • Financiar proyectos agroecológicos, energéticos y de salud en los territorios.
  • Desarrollar industrias locales de transformación (alimentos, medicinas, materiales de construcción).
  • Crear redes de distribución comunitaria que rompan la dependencia de mercados especulativos.
  • Fortalecer la formación técnica y científica desde abajo, con énfasis en energías limpias y soberanía tecnológica.

Este no es un sueño utópico. Ya existen experiencias embrionarias en estados como Anzoátegui, Lara y Carabobo, donde comunas han gestionado pequeños ingresos petroleros con transparencia y eficacia. Lo que falta es escalar esa lógica a nivel nacional, con respaldo legal y acceso directo a la renta.

Un pozo para el pueblo, no para los intermediarios

La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela establece en su artículo 302 que los recursos naturales son patrimonio de la nación. Pero el patrimonio no es solo del Estado, sino del pueblo organizado. Si el petróleo pertenece a todos, entonces una parte de su renta debe estar bajo la gestión directa de quienes lo defienden día a día: las trabajadoras, los campesinos, las madres comunitarias, los jóvenes en formación.

Asignar un pozo —o una fracción de producción— a un Banco Nacional de las Comunas no viola la ley; al contrario, la profundiza en su espíritu más radical: la transferencia real del poder económico a las bases.

Además, esta propuesta responde estratégicamente a uno de los mayores desafíos del poder popular: la dependencia de fondos estatales discontinuos y politizados. Al tener un flujo de ingresos propio, las comunas podrían planificar a largo plazo, sin depender de ciclos electorales ni de la voluntad de funcionarios.

Alerta, organización y propuesta

  • La reforma de la ley de hidrocarburos no es un asunto de pasillos parlamentarios. Es una batalla por el alma del proyecto nacional. Frente a ella, el poder popular no puede permanecer en silencio. Debe alertar, movilizar y proponer.
  • Alertar sobre los riesgos de una apertura que, bajo el discurso de la “reactivación”, puede consolidar nuevas formas de dominación.
  • Organizar asambleas en cada comuna, en cada barrio, para debatir el contenido de esta ley y exigir transparencia total.
  • Y proponer, con audacia y rigor, alternativas como el Banco Nacional de las Comunas, que no solo redistribuyan la renta, sino que la transformen en poder colectivo.
Porque después de años de agresión, bloqueo y sabotaje, Venezuela no necesita más concesiones al capital extranjero. Necesita confiar en su propio pueblo. Y darle los medios para construir, desde abajo, la Venezuela que soñamos.


Un mundo en reordenamiento: la unidad de los pueblos como única defensa ante el nuevo imperialismo

 




El 3 de enero de 2026, Estados Unidos lanzó la Operación Absolute Resolve, una ofensiva militar directa contra Venezuela que incluyó bombardeos, la muerte de aproximadamente cien civiles y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la Primera Combatiente Cilia Flores. Este acto no fue un desvío táctico ni un exceso aislado. Fue la manifestación concreta de un nuevo orden mundial en formación, uno en el que el derecho internacional ya no es un marco de convivencia, sino un recurso selectivo para los poderosos.

Este reordenamiento se gestó en encuentros estratégicos como la cumbre entre Donald Trump y Vladimir Putin en Anchorage, Alaska, el 15 de agosto de 2025. Aunque los detalles permanecen clasificados, todo indica que allí se sentaron las bases de una repartición global de influencias. Esta hipótesis se refuerza con el mapa publicado por el analista ruso Andrei Martyanov, que divide el planeta en tres zonas de influencia: estadounidense, rusa y china. Lejos de contradecir la multipolaridad, este esquema la institucionaliza —pero bajo lógicas de poder real, no de normas jurídicas universales.

La confirmación de esta nueva era llegó en cadena: el alto al fuego en Gaza del 10 de octubre de 2025, mediado por potencias emergentes; la disolución progresiva de estructuras occidentales como el G7 y la inminente transformación de la OTAN, cuya responsabilidad convencional en Europa deberá ser asumida íntegramente por los europeos para 2027, según exigencias explícitas del Pentágono. Incluso la Unión Europea enfrenta una crisis existencial, acelerada por decisiones como la firma del acuerdo comercial con el MERCOSUR el 17 de enero de 2026, que ha generado fuertes rechazos en países como Francia, Polonia y Hungría, cuyos campesinos ven sacrificados sus intereses en nombre de la industria alemana.

En este panorama, las alianzas regionales cobran protagonismo. La Fuerza Expedicionaria Conjunta (JEF), liderada por el Reino Unido e integrada por diez naciones nórdicas y bálticas —Dinamarca, Estonia, Finlandia, Islandia, Letonia, Lituania, Países Bajos, Noruega, Suecia y el propio Reino Unido— , emerge como una mini-OTAN postatlántica. En Europa Central, la Iniciativa de los Tres Mares —con 13 países desde Austria hasta Chequia— busca forjar una federación intermarium entre Alemania y Rusia, reviviendo viejos sueños geopolíticos polacos.

Mientras tanto, en África, la Alianza de los Estados del Sahel (AES) —Burkina Faso, Malí y Níger— se consolida con apoyo explícito de China y Rusia, rechazando la tutela occidental y avanzando hacia una confederación soberana. En contraste, América Latina se fragmenta: el ALBA pierde cohesión, mientras una nueva coalición encabezada por Argentina y Chile se alinea con Washington.

Ante este escenario, la izquierda popular no puede seguir atrapada en debates identitarios o en críticas internas que solo debilitan la resistencia. La lección del 3 de enero es clara: el imperio no distingue entre “buenos” y “malos” gobiernos de izquierda. Solo reconoce obstáculos. Y los elimina.

La unidad de los pueblos —más allá de fronteras, ideologías menores o lealtades burocráticas— es ahora la única estrategia viable. Porque si el viejo orden se desmorona y el nuevo aún no ha nacido, los monstruos no surgirán solo en los palacios del poder, sino también en la desunión de quienes deberían ser hermanos en la lucha.

El reto no es esperar un nuevo sistema de Naciones Unidas reformado, sino construir uno desde abajo desde las  redes de solidaridad progresistas y los pueblos.

No fue una incursión: fue una invasión. El 3 de enero y la guerra abierta contra Venezuela





El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. 
Y en ese claroscuro sugen los monstruos

Antonio Gramsci


En las primeras horas del 3 de enero de 2026, mientras el mundo aún despertaba a un año marcado por tensiones globales, Estados Unidos ejecutó una operación militar directa sobre suelo venezolano: lanzó misiles contra zonas civiles, asesinó a cerca de cien personas y secuestró al presidente Nicolás Maduro junto a la Primera Combatiente Cilia Flores. Los medios hegemónicos, fieles a su rol ideológico, hablaron de “incursión”, “operativo quirúrgico” o “acción de precisión”. Pero el lenguaje no puede ocultar lo que el derecho internacional sí condena: fue una invasión. Y más aún: fue la confirmación de que el orden mundial nacido en 1945 ha entrado en su fase de descomposición terminal.

Antonio Gramsci escribió en sus Cuadernos de la cárcel: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Hoy, esos monstruos no son metáforas. Son drones, portaaviones, bases militares extraterritoriales y decisiones presidenciales que desconocen la Carta de las Naciones Unidas, el principio de no intervención, la soberanía de los pueblos y hasta el más elemental respeto por la vida humana. La invasión a Venezuela no es un episodio aislado; es la lógica inevitable de un sistema que, al perder su capacidad de hegemonía consensuada, recurre a la pura coerción.

El orden de posguerra —con sus instituciones, sus normas, su discurso de “paz y cooperación”— siempre fue hipócrita. Sirvió para legitimar la dominación del capital imperial bajo la máscara del multilateralismo. Pero incluso esa máscara se ha caído. Ya no se negocia sanciones en el Consejo de Seguridad; se bombardea sin declaración de guerra. Ya no se impone un golpe mediante la CIA en las sombras; se secuestra a un jefe de Estado en pleno siglo XXI, como si el derecho internacional fuera un papel mojado. Esto no es “caos”. Es la ley de la selva elevada a doctrina de Estado.

Frente a este colapso, la izquierda no puede limitarse a denunciar. Debe responder con claridad estratégica y construcción popular. Porque si el viejo mundo agoniza, el nuevo no aparecerá por generación espontánea. Surgirá —o no surgirá— según la capacidad de los pueblos de organizarse, defenderse y crear alternativas desde abajo. En Venezuela, eso significa reforzar los consejos comunales, las Unidades milicianas comunales, las redes de soberanía alimentaria y energética, y la unidad antiimperialista continental. Significa entender que la defensa de la patria no es un lema retórico, sino una tarea material de poder popular.

Los monstruos están aquí. Pero también está la luz del amanecer del 3 de enero: no como promesa pasiva, sino como llamado a la acción. Porque mientras el imperio apuesta por el miedo, el pueblo apuesta por la organización. Y en esa diferencia reside toda la historia por venir.