lunes, 31 de agosto de 2026

El contrato petrolero, nada que festejar





 «La soberanía del pueblo es la única autoridad legítima de las naciones.»

Simón Bolívar

«La soberanía es el ejercicio pleno y absoluto del poder del pueblo para ser dueño de su propio destino.»

Hugo Chávez

Qué difícil resulta, en lo personal, celebrar la firma del contrato entre el Gobierno venezolano y el estadounidense, especialmente cuando representa una nueva afrenta a nuestra soberanía y dignidad.

Hay que decirlo con claridad: dentro de la política pragmática de supervivencia a la que hemos sido arrojados, se entiende cualquier gestión que nos permita organizarnos, ganar tiempo y alejar la amenaza militar. Sin embargo, de allí a mostrar entusiasmo o estar radiante alegría, hay un absurdo inconcebible.

Si con Chávez aprendimos que la soberanía es el ejercicio pleno y absoluto del poder popular para decidir nuestro destino, cabe preguntarse: ¿se firmó este acuerdo bajo ese ejercicio soberano o bajo la coerción impuesta a partir los hechos del 3 de enero? Si es esto último, no hay nada que festejar, aun cuando comprendamos las difíciles decisiones que, bajo franca amenaza, deba asumir la presidenta encargada.

Es un contrato injusto e írrito, originado en el chantaje militar. Para colmo, los recursos generados no ingresarán directamente al erario público nacional, sino a una cuenta administrada a discreción del propio Gobierno norteamericano.

Nuestra narrativa debe ser categórica para que el pueblo comprenda la realidad: somos víctimas del chantaje de una potencia extranjera que pretende imponer su voluntad. Ningún acuerdo comercial alcanzado en estas condiciones puede disfrazarse de victoria o motivo de orgullo, pues lleva impregnado el desprecio del agresor, evidente en la cobertura de las grandes corporaciones mediáticas.

Hoy, más que nunca, debemos llamar al imperio por su nombre y señalar a los responsables directos de nuestra precariedad. Frente a la agresión, suavizar el lenguaje no es diplomacia: es aceptar la sumisión colonial.


jueves, 6 de agosto de 2026

La nueva etapa de la revolución


La revolución y sus ciclos, sus avances y sus retrocesos. En ese bamboleo escucho las palabras duras y tristes del hijo de la panadera cuando era entregado en el puerto de La Guaira por los patriotas de aquella época; Francisco de Miranda, el Gran Precursor, exclamaba: «¡Bochinche, bochinche! Este pueblo es puro bochinche».

Y hoy, como en una novela de Gabo —cien años de soledad—, pareciera que sobre nuestra América pesara una maldición que no permitiera romper el ciclo, como si estuviéramos obligados a repetirlo.

El 3 de enero, entre llantos y sobresaltos, se llevaron a nuestro presidente y líder, secuestrado y humillado, y con él toda nuestra patria, todo nuestro gentilicio. Todo quedó enmudecido. Se nos pidió callar, se nos pidió no pensar, no analizar, pues dudar, pensar o analizar era traición.

Y desde el gobierno se impusieron cambios, con la excusa de que los aviones del imperio, con sus misiles, estaban ya casi sobre nosotros, listos para desatar un infierno de muerte y destrucción.

Perdimos la independencia, el manejo soberano de nuestros recursos. Perdimos la brújula, y el gran faro de libertad que éramos se apagó.

Y esto lo escribo, lo digo con tristeza, pero con el ánimo de buscar salidas, de romper el maleficio, de reencontrarnos y ser nuevamente los hijos e hijas de Bolívar, indómitos, indomables, fuentes de inspiración y de las más grandes proezas; de que eso deje de ser una consigna más y se convierta en acción transformadora.

Hoy llamo y convoco, primero, a los espíritus de nuestros ancestros aborígenes y de los negros traídos como esclavos; a los marginados de la periferia; a los que, ya visibilizados, no queremos regresar a las sombras, al ostracismo ni al oscurantismo. No es hora de tender las hamacas: es la hora del coraje, de la valentía y del combate por recuperar nuestra amada patria.