El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer.
Y en ese claroscuro sugen los monstruos
Antonio Gramsci
En las primeras horas del 3 de enero de 2026, mientras el mundo aún despertaba a un año marcado por tensiones globales, Estados Unidos ejecutó una operación militar directa sobre suelo venezolano: lanzó misiles contra zonas civiles, asesinó a cerca de cien personas y secuestró al presidente Nicolás Maduro junto a la Primera Combatiente Cilia Flores. Los medios hegemónicos, fieles a su rol ideológico, hablaron de “incursión”, “operativo quirúrgico” o “acción de precisión”. Pero el lenguaje no puede ocultar lo que el derecho internacional sí condena: fue una invasión. Y más aún: fue la confirmación de que el orden mundial nacido en 1945 ha entrado en su fase de descomposición terminal.
Antonio Gramsci escribió en sus Cuadernos de la cárcel: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Hoy, esos monstruos no son metáforas. Son drones, portaaviones, bases militares extraterritoriales y decisiones presidenciales que desconocen la Carta de las Naciones Unidas, el principio de no intervención, la soberanía de los pueblos y hasta el más elemental respeto por la vida humana. La invasión a Venezuela no es un episodio aislado; es la lógica inevitable de un sistema que, al perder su capacidad de hegemonía consensuada, recurre a la pura coerción.
El orden de posguerra —con sus instituciones, sus normas, su discurso de “paz y cooperación”— siempre fue hipócrita. Sirvió para legitimar la dominación del capital imperial bajo la máscara del multilateralismo. Pero incluso esa máscara se ha caído. Ya no se negocia sanciones en el Consejo de Seguridad; se bombardea sin declaración de guerra. Ya no se impone un golpe mediante la CIA en las sombras; se secuestra a un jefe de Estado en pleno siglo XXI, como si el derecho internacional fuera un papel mojado. Esto no es “caos”. Es la ley de la selva elevada a doctrina de Estado.
Frente a este colapso, la izquierda no puede limitarse a denunciar. Debe responder con claridad estratégica y construcción popular. Porque si el viejo mundo agoniza, el nuevo no aparecerá por generación espontánea. Surgirá —o no surgirá— según la capacidad de los pueblos de organizarse, defenderse y crear alternativas desde abajo. En Venezuela, eso significa reforzar los consejos comunales, las Unidades milicianas comunales, las redes de soberanía alimentaria y energética, y la unidad antiimperialista continental. Significa entender que la defensa de la patria no es un lema retórico, sino una tarea material de poder popular.
Los monstruos están aquí. Pero también está la luz del amanecer del 3 de enero: no como promesa pasiva, sino como llamado a la acción. Porque mientras el imperio apuesta por el miedo, el pueblo apuesta por la organización. Y en esa diferencia reside toda la historia por venir.

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