jueves, 6 de agosto de 2026

La nueva etapa de la revolución


La revolución y sus ciclos, sus avances y sus retrocesos. En ese bamboleo escucho las palabras duras y tristes del hijo de la panadera cuando era entregado en el puerto de La Guaira por los patriotas de aquella época; Francisco de Miranda, el Gran Precursor, exclamaba: «¡Bochinche, bochinche! Este pueblo es puro bochinche».

Y hoy, como en una novela de Gabo —cien años de soledad—, pareciera que sobre nuestra América pesara una maldición que no permitiera romper el ciclo, como si estuviéramos obligados a repetirlo.

El 3 de enero, entre llantos y sobresaltos, se llevaron a nuestro presidente y líder, secuestrado y humillado, y con él toda nuestra patria, todo nuestro gentilicio. Todo quedó enmudecido. Se nos pidió callar, se nos pidió no pensar, no analizar, pues dudar, pensar o analizar era traición.

Y desde el gobierno se impusieron cambios, con la excusa de que los aviones del imperio, con sus misiles, estaban ya casi sobre nosotros, listos para desatar un infierno de muerte y destrucción.

Perdimos la independencia, el manejo soberano de nuestros recursos. Perdimos la brújula, y el gran faro de libertad que éramos se apagó.

Y esto lo escribo, lo digo con tristeza, pero con el ánimo de buscar salidas, de romper el maleficio, de reencontrarnos y ser nuevamente los hijos e hijas de Bolívar, indómitos, indomables, fuentes de inspiración y de las más grandes proezas; de que eso deje de ser una consigna más y se convierta en acción transformadora.

Hoy llamo y convoco, primero, a los espíritus de nuestros ancestros aborígenes y de los negros traídos como esclavos; a los marginados de la periferia; a los que, ya visibilizados, no queremos regresar a las sombras, al ostracismo ni al oscurantismo. No es hora de tender las hamacas: es la hora del coraje, de la valentía y del combate por recuperar nuestra amada patria.

viernes, 12 de junio de 2026

Seis meses



A meses de los funesto sucesos del 3 de enero donde perdieron la vida más de 100 personas, entre militares y civiles, la ausencia de un pronunciamiento oficial sobre lo ocurrido - y sobre la inactivación de las defensas aéreas y el protocolo de seguridad del presidente Nicolás Maduro— es ensordecedora. Este silencio ha dejado que el imaginario popular sea quien, poco a poco, intente reconstruir las trágicas horas del secuestro presidencial.

No existe una versión oficial ni responsabilidades asumidas. En el alto gobierno nadie ha puesto su cargo a disposición, bajo la excusa de preservar la unidad política. No obstante, la historia de nuestra revolución nos enseña que esta surgió precisamente porque alguien, por primera vez, tuvo la valentía de asumir la responsabilidad de un levantamiento militar fallido. De ese modo irrumpió el comandante Chávez en la vida política de la nación.

Lamentablemente, a quienes demandan claridad se les estigmatiza como trotskistas, herejes o entregados al imperio, silenciando así el debate y la crítica, pilares de cualquier proceso revolucionario.

Y esa crítica es vital. Lo ocurrido a posteriori —las leyes exprés de hidrocarburos y minería, entre otras acciones del gobierno encargado— se han presentado como medidas necesarias, bajo el concepto de flexibilidad táctica, sin embargo encajan en la conocida "doctrina del shock". Preludio de la privatización y el retorno al modelo de vasallaje que, como advertía el comandante Chávez, siempre estará al acecho.

Nos inquieta el mutismo. El venezolano ha desarrollado una madurez política y una resiliencia racional: sabe comprender, abordar con altura y actuar en consecuencia. Subestimar al pueblo tratándolo como un niño es un error mayúsculo de la dirigencia.

Continuamos analizando, con la esperanza de que el pueblo venezolano levante la voz que Chávez nos devolvió, para exigir respuestas, sin importar cuán dolorosas puedan ser.

jueves, 19 de marzo de 2026

PROHIBIDO ABANDONAR A CUBA


El 3 de enero de 2026 quedará grabado en la historia como el día en que 32 combatientes cubanos dieron su vida defendiendo al presidente Nicolás Maduro en territorio venezolano. El Gobierno de Cuba confirmó oficialmente estas muertes y repatrió los restos con honores. Apenas semanas después, Venezuela decidió cesar el envío de petróleo a Cuba, el cual representaba aproximadamente el 30% de las necesidades energéticas de la isla. La pregunta quema en el alma de millones: ¿fueron en vano esas 32 vidas?

Cuba, a pesar del bloqueo económico ilegal impuesto por Estados Unidos durante más de seis décadas, nunca abandonó a Venezuela. Desde el inicio de la Revolución Bolivariana, la isla envió miles de médicos, educadores y técnicos para trabajar en las comunidades más vulnerables del país. Nunca hubo condición. Nunca hubo precio. Nunca hubo abandono. Cuando Venezuela enfrentó sus momentos más oscuros —golpes de estado, sabotajes económicos, amenazas militares— Cuba estuvo allí. Sin dudar. Sin calcular.

Este abandono contradice frontalmente los principios bolivarianos y chavistas que predican la solidaridad inquebrantable. Simón Bolívar soñó con una Patria Grande unida; Hugo Chávez y Fidel Castro se juraron lealtad eterna. Los principios del pensamiento bolivariano incluyen equidad, inclusión, participación y, sobre todo, solidaridad. ¿Dónde queda esa solidaridad cuando el hermano está en la hora más oscura? Si Cuba cae, Venezuela pierde su principal aliado regional y envía un mensaje devastador a Nicaragua, Bolivia y todos los gobiernos progresistas de América Latina.

La verdadera prueba de los principios no es en la abundancia, sino en la adversidad. Pensar que las potencias extranjeras permitirán mayor tranquilidad por este gesto es no comprender cómo funciona el sistema internacional: las concesiones se interpretan como debilidad, no como paz. Cuba ya registra apagones totales y niveles récord de escasez energética. Millones de civiles cubanos no tienen responsabilidad en las decisiones gubernamentales venezolanas, pero pagarán el precio.

Cuba no abandonó a Venezuela cuando el imperio presionaba, cuando el petróleo era escaso, cuando 32 de sus hijos cayeron defendiendo la revolución. Venezuela no tiene derecho moral de abandonar a Cuba ahora. La historia nos juzgará: ¿seremos recordados como los que traicionaron la solidaridad o como los que permanecieron leales? No abandonar a Cuba no es una opción. Es un deber histórico. La verdadera independencia de América Latina se construye con lealtad, no con traición. Con solidaridad, no con cálculo. Con memoria, no con olvido.

sábado, 31 de enero de 2026

Perdón y Poder: Cuando la Clemencia se Convierte en Vulnerabilidad Estratégica





En política, como en guerra, no todas las batallas se libran con fusiles. Algunas se disputan en el terreno más delicado de la memoria histórica. Y es allí, precisamente, donde resuena con escalofriante actualidad una advertencia del Libertador Simón Bolívar, escrita en 1819 desde el exilio de Santa Fe de Bogotá: "La clemencia mal entendida fue una de las causas de la ruina de la Primera República. A cada perdón venía una nueva rebelión, y a esta un nuevo perdón, hasta que agotados los recursos del Estado y la paciencia pública, vino la destrucción inevitable".

Bolívar no condenaba el perdón en sí. Condenaba su aplicación desprovista de garantías estructurales. Y es esa distinción —sutil pero letal— la que hoy nos interpela frente al debate sobre amnistías y reconciliación en Venezuela.

El precedente de 2002: clemencia sin blindaje

El 11 de abril de 2002, tras el golpe de Estado que lo sacó brevemente del poder, Hugo Chávez optó por una decisión que muchos celebraron como gesto magnánimo: otorgó amnistía a los militares y civiles involucrados en la sublevación. Pedro Carmona, Carlos Ortega, Daniel Romero y decenas de oficiales golpistas recuperaron su libertad sin juicio político ni sanción administrativa.

La lógica era comprensible: evitar la fractura irreversible de las Fuerzas Armadas, tejer unidad nacional, demostrar superioridad moral frente a la venganza. Pero faltó un elemento crucial: mecanismos de contención que impidieran la reiteración del golpismo bajo nuevas formas.

Siete meses después, en diciembre de 2002, ese mismo grupo —reforzado con sectores empresariales y sindicales— orquestó el paro petrolero que paralizó al país durante dos meses. No fue un acto espontáneo: fue una operación coordinada con apoyo logístico y financiero externo, documentada por investigaciones del Centro de Investigación y Documentación de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y por testimonios de funcionarios estadounidenses como Roger Noriega, quien admitió en 2005 haber facilitado recursos a la oposición durante ese período.

Luego vinieron los acaparamientos sistemáticos (2006-2008), las guarimbas de 2014 y 2017 —con saldo de más de 130 muertos según la Fiscalía General—, y el intento de ingreso de "ayuda humanitaria" en 2019, que el Tribunal Supremo de Justicia identificó como operación de desestabilización con apoyo de inteligencia extranjera.

 La evidencia está en las redes, sí. Pero también en los archivos del Ministerio Público, en las sentencias del TSJ y en los informes de la Contraloría General que documentan cómo los mismos actores, amnistiados una y otra vez, transitaron del golpe militar al sabotaje económico, de la violencia callejera al asedio diplomático.

Bolívar no temía perdonar; temía perdonar sin soberanía consolidada

Es fundamental no descontextualizar la advertencia bolivariana. Bolívar no era un vengador sediento de sangre. En Angostura (1819) propuso amnistías generales siempre que se acompañaran de:

1. Desarme efectivo de los sectores rebeldes;

2. Reconfiguración institucional que eliminara focos de poder paralelo;

3. Construcción de un ejército patriota leal a la República, no a caudillos locales;

4. Soberanía económica que rompiera la dependencia de élites comerciales aliadas al imperio español.

En otras palabras: Bolívar entendía que el perdón político solo es viable cuando el Estado —y más aún, el poder popular— ha consolidado su capacidad de disuasión. Sin esa base material, la clemencia se convierte en señal de debilidad percibida por el adversario, quien la interpreta no como generosidad, sino como oportunidad para una nueva ofensiva.

El dilema actual: ¿clemencia estratégica o ingenuidad histórica?

Hoy enfrentamos una encrucijada similar. Frente a propuestas de amnistía amplia como vía para "normalizar" relaciones internacionales, debemos formularnos preguntas incómodas pero necesarias:

- ¿Qué garantías institucionales existen para impedir que quienes han promovido golpes, guarimbas y sabotajes económicos —documentados en expedientes judiciales— no repitan esas acciones bajo nuevas modalidades?

- ¿Se ha consolidado el poder popular al punto de constituir un contrapeso material frente a intentos de desestabilización? Las comunas, los consejos comunales, las empresas de producción social: ¿tienen control real sobre recursos estratégicos, circuitos de distribución y seguridad territorial?

- ¿La amnistía actual responde a una posición de fuerza negociadora —como la de Mandela tras 27 años de cárcel y con el ANC fortalecido— o a una posición de debilidad ante presiones externas?

La historia no se repite, decía Marx, pero sí se repite como farsa. Y la farsa más peligrosa sería creer que perdonar sin blindaje estratégico nos conducirá a la reconciliación, cuando la evidencia histórica muestra que conduce a nuevas rebeliones —ahora potenciadas por el respaldo explícito de una potencia que jamás ha ocultado su objetivo de "cambio de régimen" en Venezuela.

 Hacia una clemencia con dientes: el poder popular como condición

No se trata de abogar por el rencor permanente. Se trata de defender una premisa estratégica elemental: la reconciliación genuina solo es posible desde la fortaleza, no desde la vulnerabilidad.

Una amnistía responsable debería cumplir, como mínimo, estos criterios:

1. No ser unilateral: Debe negociarse desde una posición de soberanía consolidada, no como concesión bajo presión.

2. Exigir contrapartidas materiales: Compromisos públicos de no injerencia, desmantelamiento de estructuras paralelas de poder, participación en procesos de verdad con enfoque restaurativo.

3. Fortalecer previamente el poder popular: Antes de cualquier gesto de apertura, consolidar el control comunal sobre alimentos, medicinas, energía y seguridad local. Un pueblo organizado es la mejor garantía contra la reiteración del golpismo.

4. Diferenciar niveles de responsabilidad: No es lo mismo un joven cooptado en una guarimba que un operador financiado por agencias extranjeras para desestabilizar el país. La justicia restaurativa exige matices, no amnistías indiscriminadas.

La lección que Bolívar nos legó no es el rencor, sino la prudencia

El Libertador no nos dejó como herencia el odio. Nos dejó una lección de realismo político: la clemencia sin soberanía consolidada es un boomerang que regresa con mayor violencia. 

Chávez perdonó en 2002 movido por una ética revolucionaria admirable. Pero omitió blindar institucionalmente ese perdón. El resultado: siete meses después, el mismo sector orquestó el sabotaje petrolero más grave de nuestra historia republicana.

Hoy, frente a nuevas propuestas de amnistía, no se trata de negar el diálogo. Se trata de recordar que el perdón político no es un acto moral aislado; es una decisión estratégica que debe evaluarse bajo una sola lupa: ¿fortalece o debilita la capacidad del pueblo para defender su soberanía?

Mientras las comunas no controlen efectivamente los recursos de sus territorios, mientras los consejos comunales no tengan poder real sobre la distribución de alimentos y medicinas, mientras el poder popular siga siendo retórica más que materialidad, cualquier amnistía amplia corre el riesgo de convertirse en la antesala de una nueva rebelión —esta vez con el respaldo explícito de un imperio que jamás ha renunciado a sus ambiciones sobre Venezuela.

Bolívar lo advirtió hace dos siglos. Chávez lo experimentó en carne propia en 2002-2003. La historia no nos condena a repetir errores. Pero exige que leamos sus lecciones sin ingenuidad ni dogmatismo. Con la memoria viva y la estrategia despierta.

Porque no se trata de no perdonar. Se trata de perdonar desde la fuerza, no desde la debilidad. Y esa fuerza solo la construye un pueblo organizado, con el control de su territorio y su destino en sus propias manos.

jueves, 29 de enero de 2026

La doctrina del shock en el corazón del petróleo: la reforma de la Ley de Hidrocarburos como oportunidad para el capital



El 29 de enero de 2026, la Asamblea Nacional aprobó por unanimidad la reforma parcial de la Ley Orgánica de Hidrocarburos. Presentada como una medida técnica para “reactivar la producción” y “atraer inversión extranjera”, la reforma introduce cambios profundos: flexibiliza las condiciones económicas de los proyectos, amplía beneficios fiscales y parafiscales, y reduce el control parlamentario sobre los contratos petroleros . En un contexto de crisis energética, escasez de divisas y sanciones internacionales, la medida se vende como la única salida viable.

Pero si miramos con lupa a través de la lente de Naomi Klein, esta reforma no es una simple actualización legal. Es un caso clásico de lo que ella denomina la “doctrina del shock”: la estrategia sistemática de aprovecharse del caos colectivo —ya sea provocado por una guerra, un desastre natural o una crisis económica— para imponer políticas neoliberales que, en tiempos normales, serían rechazadas por la población 

Klein argumenta que el capitalismo del desastre no espera a que las sociedades se recuperen; actúa en el momento preciso de la desorientación, cuando la gente está demasiado ocupada sobreviviendo como para defender sus derechos colectivos. En Venezuela, tras años de bloqueo, sabotaje económico y ahora una agresión militar directa —la Operación Absolute Resolve del 3 de enero—, el país se encuentra en un estado de shock prolongado. Es en ese vacío de certeza donde se introduce una reforma que, lejos de fortalecer la soberanía energética, abre las puertas al control privado y extranjero de nuestro recurso estratégico más importante.

La nueva ley permite la figura de los “Contratos de Participación Productiva”, que otorgan a empresas transnacionales una participación directa en la renta petrolera, algo que la Constitución de 1999 y la legislación anterior habían limitado rigurosamente para preservar el carácter público del subsuelo. Además, al reducir la supervisión parlamentaria, se debilita uno de los pocos mecanismos de rendición de cuentas que quedaban en el sector.

Esto no es “pragmatismo”. Es desposesión estructural disfrazada de urgencia. Porque mientras se nos dice que “no hay otra opción”, se está construyendo un nuevo orden energético en el que el Estado venezolano deja de ser el dueño de su riqueza para convertirse en un socio menor de corporaciones globales.

La doctrina del shock siempre funciona así: primero viene la crisis, luego viene la “solución” que beneficia a los mismos que causaron o explotaron la crisis. Y mientras el pueblo lucha por gasolina, luz y trabajo, se le roba el futuro sin que casi se dé cuenta.

Pero la historia también enseña que el shock no es inevitable. Los pueblos pueden organizarse, resistir y exigir que las soluciones salgan desde abajo, no desde los despachos de consultoras internacionales. Defender la soberanía energética no es un lujo ideológico; es la base material de cualquier proyecto de independencia real.

Porque  como decía el Comandante Chávez, PDVSA es del PUEBLO.


“¿Es que acaso 300 años no bastan?”: Venezuela, faro de la vanguardia antiimperialista





¡Echemos el miedo a la espalda y 

salvemos a la Patria! 

Simón Bolívar



En julio de 1810, en medio de las dudas y temores, Simón Bolívar se alzó con una pregunta que encendió el fuego de la revolución en toda Suramérica: “¿Es que acaso 300 años de calma no bastan?”. No era un llamado a la prisa, sino a la dignidad. Tres siglos de saqueo, esclavitud y humillación bajo el imperio español habían demostrado que la “paz” colonial era solo otra forma de opresión. La verdadera calma, decía Bolívar, solo vendría con la libertad plena.

Hoy, frente a la agresión imperial del 3 de enero de 2026 —cuando Estados Unidos lanzó misiles sobre suelo venezolano, asesinó a cien compatriotas y secuestró al presidente Nicolás Maduro y a la Primera Combatiente Cilia Flores—, esa misma pregunta nos interpela con urgencia histórica. Porque nuevamente se nos exige “calma”, se nos pide “prudencia”, se nos insta a aceptar condiciones que atentan contra nuestra soberanía energética, territorial y popular. Pero ¿qué es esa calma sino una nueva forma de sumisión?

La vanguardia bolivariana no nació para negociar su dignidad. Nació para romper cadenas. Fue esa vanguardia la que, contra todo pronóstico, enfrentó al imperio español con fusiles hechos de esperanza y banderas tejidas con el sudor de los oprimidos. Fue esa vanguardia la que prendió la chispa de la independencia desde Caracas hasta el Alto Perú, convirtiendo a Venezuela en faro de los pueblos oprimidos del mundo.

Y hoy, ese faro sigue encendido. Porque doblegarnos ante el nuevo imperio no sería solo una derrota nacional; sería una traición a todos aquellos que en Palestina, en el Sahel, en el Kurdistán, en los barrios populares del mundo entero, miran a Venezuela como la prueba viviente de que la resistencia es posible. Si nosotros caemos, les decimos al mundo que los colonizadores, los fascistas, los genocidas… han ganado.

Bolívar lo sabía bien. En 1818, al escribirle al coronel John Irvin, afirmó con firmeza: “La mitad de los venezolanos está dispuesta a defender la patria contra el mundo, si este le ofendiera”. Esa mitad no era una cifra estadística; era una declaración de principios. Era la certeza de que, mientras exista un solo venezolano dispuesto a luchar por la soberanía, la patria no estará perdida.

Hoy, esa mitad somos millones. Somos las comunas que organizan la vida sin permiso del FMI. Somos las milicias que custodian la paz con fusil y conciencia. Somos los jóvenes que estudian en las misiones, los campesinos que siembran en tierras recuperadas, las mujeres que defienden sus cuerpos y sus territorios contra el extractivismo y la violencia.

No se trata de elegir entre radicalismo y moderación. Se trata de decidir si seguimos siendo vanguardia o nos convertimos en rehenes de la resignación. Porque si 300 años de imperio español no lograron apagar el fuego de la libertad, ninguna operación militar, sanción o chantaje energético apagará el espíritu de un pueblo que sabe que su destino no está en manos ajenas.

Venezuela no es solo una nación. Es una promesa. Y mientras esa promesa arda, el mundo tendrá luz. 

viernes, 23 de enero de 2026

Reforma petrolera y poder popular: entre los riesgos de la apertura y la urgencia de la autogestión


En medio de una crisis que ha dejado huellas profundas en cada rincón del territorio venezolano —una crisis no nacida del desorden interno, sino forjada en los laboratorios del bloqueo económico, las sanciones unilaterales y la guerra híbrida liderada por la administración de Donald Trump—, el país se enfrenta hoy a una encrucijada silenciosa pero decisiva: la reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos.

No se trata de un debate técnico entre abogados o economistas. Es una cuestión de soberanía, supervivencia y futuro colectivo. Porque detrás de cada artículo de esta propuesta legislativa no solo hay cláusulas jurídicas, sino decisiones que pueden abrir las puertas a una nueva forma de dominación o, por el contrario, reforzar la resistencia del pueblo organizado.

Y es precisamente desde ese pueblo —desde las comunas, desde los consejos comunales, desde los circuitos comunales del poder popular que han mantenido viva la llama de la autogestión en medio del colapso— que debe surgir no solo la crítica, sino la propuesta alternativa.

La trampa de la “seguridad jurídica”

El proyecto de reforma insiste en términos como “seguridad jurídica”, “transparencia contractual” y “arbitraje independiente”. En apariencia, suenan razonables. Pero en la práctica, ¿para quién se garantiza esa seguridad? ¿Acaso el pueblo venezolano ha tenido alguna vez “seguridad jurídica” frente a las corporaciones que han saqueado nuestros recursos durante décadas?

Lo que se ofrece no es protección al interés nacional, sino blindaje legal a capitales extranjeros, incluidos aquellos que podrían operar bajo estructuras opacas o incluso vinculadas a actores sancionados. El artículo que permite a socios minoritarios en empresas mixtas comercializar directamente su cuota de petróleo, abrir cuentas en cualquier moneda y gestionar técnicamente los campos es, en esencia, una cesión funcional del control estatal. La soberanía se reduce a un 51% simbólico, mientras el poder real —la decisión sobre quién vende, a qué precio y con qué ganancias— se traslada fuera de nuestras fronteras.

Peor aún: se abre la puerta a arbitrajes internacionales sin límites claros. Y basta recordar los casos de ConocoPhillips o Crystallex para entender que esos tribunales no defienden la justicia, sino los intereses del capital global.

Más allá de la denuncia: el poder popular necesita recursos reales

Denunciar estos riesgos es necesario, pero insuficiente. El poder popular no puede limitarse a ser un observador crítico; debe convertirse en gestor activo de alternativas soberanas. Y aquí radica una propuesta concreta, viable y profundamente revolucionaria:

Crear un Banco Nacional de las Comunas, financiado directamente por un pozo petrolero asignado a la gestión comunal.

Imaginemos esto: un campo petrolero —pequeño, marginal, pero productivo— cuya renta no alimente burocracias ni se disperse en mecanismos clientelares, sino que fluya directamente a un fondo autogestionado por las comunas. Ese fondo, canalizado a través de un banco comunal público y democrático, permitiría:

  • Financiar proyectos agroecológicos, energéticos y de salud en los territorios.
  • Desarrollar industrias locales de transformación (alimentos, medicinas, materiales de construcción).
  • Crear redes de distribución comunitaria que rompan la dependencia de mercados especulativos.
  • Fortalecer la formación técnica y científica desde abajo, con énfasis en energías limpias y soberanía tecnológica.

Este no es un sueño utópico. Ya existen experiencias embrionarias en estados como Anzoátegui, Lara y Carabobo, donde comunas han gestionado pequeños ingresos petroleros con transparencia y eficacia. Lo que falta es escalar esa lógica a nivel nacional, con respaldo legal y acceso directo a la renta.

Un pozo para el pueblo, no para los intermediarios

La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela establece en su artículo 302 que los recursos naturales son patrimonio de la nación. Pero el patrimonio no es solo del Estado, sino del pueblo organizado. Si el petróleo pertenece a todos, entonces una parte de su renta debe estar bajo la gestión directa de quienes lo defienden día a día: las trabajadoras, los campesinos, las madres comunitarias, los jóvenes en formación.

Asignar un pozo —o una fracción de producción— a un Banco Nacional de las Comunas no viola la ley; al contrario, la profundiza en su espíritu más radical: la transferencia real del poder económico a las bases.

Además, esta propuesta responde estratégicamente a uno de los mayores desafíos del poder popular: la dependencia de fondos estatales discontinuos y politizados. Al tener un flujo de ingresos propio, las comunas podrían planificar a largo plazo, sin depender de ciclos electorales ni de la voluntad de funcionarios.

Alerta, organización y propuesta

  • La reforma de la ley de hidrocarburos no es un asunto de pasillos parlamentarios. Es una batalla por el alma del proyecto nacional. Frente a ella, el poder popular no puede permanecer en silencio. Debe alertar, movilizar y proponer.
  • Alertar sobre los riesgos de una apertura que, bajo el discurso de la “reactivación”, puede consolidar nuevas formas de dominación.
  • Organizar asambleas en cada comuna, en cada barrio, para debatir el contenido de esta ley y exigir transparencia total.
  • Y proponer, con audacia y rigor, alternativas como el Banco Nacional de las Comunas, que no solo redistribuyan la renta, sino que la transformen en poder colectivo.
Porque después de años de agresión, bloqueo y sabotaje, Venezuela no necesita más concesiones al capital extranjero. Necesita confiar en su propio pueblo. Y darle los medios para construir, desde abajo, la Venezuela que soñamos.


Un mundo en reordenamiento: la unidad de los pueblos como única defensa ante el nuevo imperialismo

 




El 3 de enero de 2026, Estados Unidos lanzó la Operación Absolute Resolve, una ofensiva militar directa contra Venezuela que incluyó bombardeos, la muerte de aproximadamente cien civiles y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la Primera Combatiente Cilia Flores. Este acto no fue un desvío táctico ni un exceso aislado. Fue la manifestación concreta de un nuevo orden mundial en formación, uno en el que el derecho internacional ya no es un marco de convivencia, sino un recurso selectivo para los poderosos.

Este reordenamiento se gestó en encuentros estratégicos como la cumbre entre Donald Trump y Vladimir Putin en Anchorage, Alaska, el 15 de agosto de 2025. Aunque los detalles permanecen clasificados, todo indica que allí se sentaron las bases de una repartición global de influencias. Esta hipótesis se refuerza con el mapa publicado por el analista ruso Andrei Martyanov, que divide el planeta en tres zonas de influencia: estadounidense, rusa y china. Lejos de contradecir la multipolaridad, este esquema la institucionaliza —pero bajo lógicas de poder real, no de normas jurídicas universales.

La confirmación de esta nueva era llegó en cadena: el alto al fuego en Gaza del 10 de octubre de 2025, mediado por potencias emergentes; la disolución progresiva de estructuras occidentales como el G7 y la inminente transformación de la OTAN, cuya responsabilidad convencional en Europa deberá ser asumida íntegramente por los europeos para 2027, según exigencias explícitas del Pentágono. Incluso la Unión Europea enfrenta una crisis existencial, acelerada por decisiones como la firma del acuerdo comercial con el MERCOSUR el 17 de enero de 2026, que ha generado fuertes rechazos en países como Francia, Polonia y Hungría, cuyos campesinos ven sacrificados sus intereses en nombre de la industria alemana.

En este panorama, las alianzas regionales cobran protagonismo. La Fuerza Expedicionaria Conjunta (JEF), liderada por el Reino Unido e integrada por diez naciones nórdicas y bálticas —Dinamarca, Estonia, Finlandia, Islandia, Letonia, Lituania, Países Bajos, Noruega, Suecia y el propio Reino Unido— , emerge como una mini-OTAN postatlántica. En Europa Central, la Iniciativa de los Tres Mares —con 13 países desde Austria hasta Chequia— busca forjar una federación intermarium entre Alemania y Rusia, reviviendo viejos sueños geopolíticos polacos.

Mientras tanto, en África, la Alianza de los Estados del Sahel (AES) —Burkina Faso, Malí y Níger— se consolida con apoyo explícito de China y Rusia, rechazando la tutela occidental y avanzando hacia una confederación soberana. En contraste, América Latina se fragmenta: el ALBA pierde cohesión, mientras una nueva coalición encabezada por Argentina y Chile se alinea con Washington.

Ante este escenario, la izquierda popular no puede seguir atrapada en debates identitarios o en críticas internas que solo debilitan la resistencia. La lección del 3 de enero es clara: el imperio no distingue entre “buenos” y “malos” gobiernos de izquierda. Solo reconoce obstáculos. Y los elimina.

La unidad de los pueblos —más allá de fronteras, ideologías menores o lealtades burocráticas— es ahora la única estrategia viable. Porque si el viejo orden se desmorona y el nuevo aún no ha nacido, los monstruos no surgirán solo en los palacios del poder, sino también en la desunión de quienes deberían ser hermanos en la lucha.

El reto no es esperar un nuevo sistema de Naciones Unidas reformado, sino construir uno desde abajo desde las  redes de solidaridad progresistas y los pueblos.

No fue una incursión: fue una invasión. El 3 de enero y la guerra abierta contra Venezuela





El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. 
Y en ese claroscuro sugen los monstruos

Antonio Gramsci


En las primeras horas del 3 de enero de 2026, mientras el mundo aún despertaba a un año marcado por tensiones globales, Estados Unidos ejecutó una operación militar directa sobre suelo venezolano: lanzó misiles contra zonas civiles, asesinó a cerca de cien personas y secuestró al presidente Nicolás Maduro junto a la Primera Combatiente Cilia Flores. Los medios hegemónicos, fieles a su rol ideológico, hablaron de “incursión”, “operativo quirúrgico” o “acción de precisión”. Pero el lenguaje no puede ocultar lo que el derecho internacional sí condena: fue una invasión. Y más aún: fue la confirmación de que el orden mundial nacido en 1945 ha entrado en su fase de descomposición terminal.

Antonio Gramsci escribió en sus Cuadernos de la cárcel: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Hoy, esos monstruos no son metáforas. Son drones, portaaviones, bases militares extraterritoriales y decisiones presidenciales que desconocen la Carta de las Naciones Unidas, el principio de no intervención, la soberanía de los pueblos y hasta el más elemental respeto por la vida humana. La invasión a Venezuela no es un episodio aislado; es la lógica inevitable de un sistema que, al perder su capacidad de hegemonía consensuada, recurre a la pura coerción.

El orden de posguerra —con sus instituciones, sus normas, su discurso de “paz y cooperación”— siempre fue hipócrita. Sirvió para legitimar la dominación del capital imperial bajo la máscara del multilateralismo. Pero incluso esa máscara se ha caído. Ya no se negocia sanciones en el Consejo de Seguridad; se bombardea sin declaración de guerra. Ya no se impone un golpe mediante la CIA en las sombras; se secuestra a un jefe de Estado en pleno siglo XXI, como si el derecho internacional fuera un papel mojado. Esto no es “caos”. Es la ley de la selva elevada a doctrina de Estado.

Frente a este colapso, la izquierda no puede limitarse a denunciar. Debe responder con claridad estratégica y construcción popular. Porque si el viejo mundo agoniza, el nuevo no aparecerá por generación espontánea. Surgirá —o no surgirá— según la capacidad de los pueblos de organizarse, defenderse y crear alternativas desde abajo. En Venezuela, eso significa reforzar los consejos comunales, las Unidades milicianas comunales, las redes de soberanía alimentaria y energética, y la unidad antiimperialista continental. Significa entender que la defensa de la patria no es un lema retórico, sino una tarea material de poder popular.

Los monstruos están aquí. Pero también está la luz del amanecer del 3 de enero: no como promesa pasiva, sino como llamado a la acción. Porque mientras el imperio apuesta por el miedo, el pueblo apuesta por la organización. Y en esa diferencia reside toda la historia por venir.

jueves, 10 de julio de 2025

El enemigo interno

Debemos ser plenamente conscientes de quién es el enemigo. Hoy, esos son precisamente quienes, en 2002, causaron daños irreparables a nuestra principal industria petrolera y a toda nuestra economía. Esos mismos actores ahora se visten de ovejas y pretenden mostrarse como  defensores de la paz; hoy prometen villas y castillos, hablan de tolerancia, sin embargo son los mismos que generaron y apoyaron las guarimbas, sanciones internacionales y desabastecimiento. Ahora, cínicamente, solicitan nuestro voto y apoyo para alcanzar cargos políticos.

Este colectivo de trabajadores petroleros debe constituirse en vanguardia y bloque histórico. Aquí debemos impulsar un debate crítico y dialéctico con toda la irreverencia que nos caracteriza, pero siempre desde la lealtad y dentro de la Revolución. Quienes creen que la oposición, en un supuesto hipotético en el que llegara al poder, podrá resolver nuestros problemas están profundamente equivocados. La historia ha demostrado claramente cuáles serían sus acciones: retroceso, traición y entrega del país a los intereses foráneos.

Debemos continuar organizándonos para garantizar y defender nuestros derechos y beneficios conquistados tras años de esfuerzo en esta noble e importante industria. Solo dentro de la Revolución, con todas sus contradicciones, podemos avanzar hacia el logro de nuestras justas aspiraciones.

Bendiciones cordiales,  
¡Chávez vive en el pueblo organizado!

martes, 1 de julio de 2025

Reflexiones II



En el proceso de descolonización del pensamiento impulsado por la Revolución Bolivariana liderada por el Comandante Hugo Chávez, uno de los primeros gestos simbólicos fue el cambio del nombre del Estado venezolano, que pasó de llamarse simplemente “Venezuela” a “República Bolivariana de Venezuela”, como parte de la nueva Constitución Nacional promulgada en 1999 . Este cambio no fue únicamente un homenaje —merecido— al Padre de la Patria, Simón Bolívar, sino una afirmación política que buscaba reactivar su legado como proyecto emancipador y liberador.

Bolívar dejó de ser solo un personaje histórico para convertirse en referente ideológico y moral de un nuevo imaginario colectivo. Se trató de una reinterpretación del pasado desde una perspectiva crítica, orientada a construir una identidad nacional basada en la soberanía, la justicia social y la resistencia frente a las formas heredadas de dominación externa e interna. En este sentido, hablar de comunas y poder popular es, en última instancia, hablar de Bolívar, de su visión federalista, de su apuesta por una nación articulada desde lo local, lo comunitario, lo autogestionado.

Este giro también se expresó en múltiples ámbitos, entre ellos la educación. La creación de instituciones como la Universidad Bolivariana de las Comunas fue un ejemplo del esfuerzo por articular un modelo pedagógico comprometido con el poder popular, la participación ciudadana y la transformación social. No se trataba solamente de formar técnicos o profesionales, sino de formar sujetos políticos capaces de cuestionar estructuras de poder, repensar modelos de organización comunitaria y contribuir a la construcción de un nuevo orden social.

Es por esto que, desde un análisis semántico, resulta difícil comprender el posterior cambio de nombre de la institución, pasando de Universidad Bolivariana de las Comunas a Universidad Nacional de las Comunas. Esta transición simbólica puede interpretarse como parte de un proceso de reconfiguración ideológica, donde se busca ampliar la base de legitimidad o distanciarse simbólicamente del chavismo original, sin necesariamente romper con sus bases estructurales . No se trata de emitir juicios definitivos, sino de reconocer que el uso de ciertos términos refleja cambios profundos en cómo se entiende la nación, la revolución y la educación.

Un aspecto clave de este proceso es el papel del pensamiento crítico dentro del sistema educativo. Desde una perspectiva inspirada en la pedagogía liberadora de Paulo Freire, la universidad no debe ser un espacio donde se reproduce pasivamente el conocimiento establecido, sino un lugar donde se cuestionan narrativas oficiales, se promueve el diálogo intercultural y se fomenta una conciencia histórica consciente de su contexto. Solo así es posible avanzar en una verdadera descolonización del conocimiento, entendida como un proceso que revisa críticamente los modelos cognitivos heredados del colonialismo y propone nuevas formas de saber y hacer desde las comunidades y los pueblos originarios.

Por eso, si bien el legado de Bolívar continúa siendo un pilar importante en la identidad nacional, urge seguir preguntándonos:  
¿Qué significa hoy ser bolivariano?  
¿Qué significa hoy ser nacionalista?
¿Cómo mantener viva la apuesta por una educación liberadora en contextos cambiantes?  
¿Cómo asegurar que las instituciones siguen siendo espacios de transformación y no solo de reproducción del statu quo?

La respuesta a estas preguntas no está escrita, pero debe surgir desde una mirada crítica, participativa,  profundamente humana y desde las bases del pueblo.

lunes, 30 de junio de 2025

Reflexiones


Es un hecho que resulta, cuanto menos, inquietante observar cómo en la arena política se termina apoyando o premiando a ciertos líderes cuya gestión previa está teñida de sombras, mientras aquellos que trabajan con autenticidad y cercanía al pueblo, día a día y desde la transparencia, suelen quedar en el olvido. Es como si la lógica del poder no respondiera ya a criterios de ética, experiencia o compromiso, sino más bien a una especie de magnetismo oscuro que seduce a las multitudes hacia lo más elemental, lo más visceral.

Vemos cómo se exalta lo irracional por encima del sentido común; cómo figuras como Javier Milei o Donald Trump logran posicionarse no a pesar de su desprecio por la razón, sino justamente por ello. Su discurso caótico, su rechazo a los consensos mínimos de civilidad, lejos de alejar a sus seguidores, los acerca aún más, como si la sociedad moderna hubiera desarrollado una especie de adicción al espectáculo de la confrontación y la ruptura.

También asistimos impotentes al respaldo tácito —y a veces explícito— hacia líderes acusados de crímenes de lesa humanidad, como es el caso de Benjamin Netanyahu. Más allá de las complejidades geopolíticas, lo que queda en evidencia es una moral selectiva, donde el poder y los intereses geopolíticos terminan decidiendo quién merece ser juzgado y quién puede seguir actuando bajo la protección de la impunidad.

Ante este panorama, uno no puede evitar preguntarse si la humanidad no está condenada a repetir ciclos de autoritarismo, corrupción y violencia porque así lo desea. Como si existiera una pulsión colectiva hacia la autodestrucción, una especie de masoquismo histórico que nos lleva una y otra vez a elegir a nuestros verdugos, creyendo que esta vez será diferente.

No faltan los nombres de héroes pasados que evocamos con nostalgia: Bolívar, Sucre, El Che, Chávez… Pero ni los mártires ni los redentores pueden salvar a un pueblo que no quiere verse reflejado en el espejo de su propia realidad. La verdadera transformación solo es posible cuando hay conciencia, cuando se rompe la ilusión y se asume la responsabilidad colectiva.

Hoy no necesitamos más salvadores mesiánicos; hoy lo que urge es despertar. Despertar del sueño de la indiferencia, de la comodidad del conformismo, del miedo a pensar distinto. Porque sin conciencia crítica, cualquier cambio es fugaz, cualquier revolución termina corrompiéndose, y cualquier esperanza, tarde o temprano, se diluye entre las sombras de la historia.

domingo, 29 de junio de 2025

La sobreexplotación de los cuadros de la revolución: entre el sacrificio y el abandono

En toda revolución, los cuadros —esas mujeres y hombres comprometidos con un proyecto colectivo de transformación social— son piezas fundamentales. Son quienes llevan a cabo las tareas más arduas, quienes se enfrentan al desgaste cotidiano de construir desde las bases una nueva sociedad, muchas veces sin condiciones dignas ni reconocimiento institucional. Pero en muchos procesos revolucionarios, especialmente en momentos de mayor dificultad o estancamiento, se ha venido repitiendo un patrón preocupante: la sobreexplotación de los cuadros, seguida por su abandono cuando ya no son útiles o cuando comienzan a cuestionar prácticas que contradicen los principios mismos del proceso.

Los cuadros suelen ser reclutados entre las filas del pueblo, aquellos que han vivido históricamente la exclusión y la injusticia. Su compromiso inicial es genuino, nace muchas veces de la experiencia directa de haber sido liberados de condiciones opresivas gracias al giro político hacia un modelo socialista. Muchos de ellos asumen cargos públicos, misiones sociales, responsabilidades políticas y comunitarias con entusiasmo y dedicación absoluta. Se convierten en multiplicadores de ideas, en gestores de cambios reales, en defensores de una causa que creen justa y necesaria.

Sin embargo, en lugar de cuidar esta base humana, en muchos casos se los utiliza como mano de obra barata y desgastable. No reciben salarios acordes a su labor, carecen de estabilidad laboral, están permanentemente expuestos al agotamiento físico y emocional, y muchas veces deben sacrificar su vida personal, familiar y profesional para cumplir con las exigencias del partido o gobierno.

El problema se agudiza cuando estos cuadros, tras años de entrega, empiezan a mostrar signos de desgaste. Muchos caen enfermos, otros pierden la motivación, algunos incluso empiezan a expresar críticas legítimas sobre la dirección del proceso. Y ahí es donde aparece el otro lado de la moneda: en vez de apoyarlos, escucharlos o integrar sus reflexiones en el debate interno, son marginados, ignorados o simplemente descartados.

No hay redes de protección social real para ellos. Muchas veces, al dejar sus cargos por razones de salud o disidencia, se encuentran sin empleo, sin pensión, sin respaldo. El sistema que ayudaron a sostener los deja solos. Esta situación no solo es injusta, sino profundamente contradictoria con los valores de solidaridad, equidad y humanismo que se supone sustentan al modelo socialista.

Este trato hacia los cuadros no es un detalle menor. Es un síntoma de cómo ciertos vicios burocráticos, clientelares y autoritarios siguen operando dentro de estructuras que se proclaman revolucionarias. La falta de transparencia, la centralización excesiva del poder, la imposición vertical de decisiones, la desconfianza ante la crítica constructiva y la cultura del "parche" (soluciones improvisadas en lugar de políticas sostenibles) van minando poco a poco la base moral y política del proceso.

Lo paradójico es que muchas de las fallas que socavan al modelo no provienen de los errores del socialismo en sí, sino de la persistencia de viejas prácticas heredadas del capitalismo y del autoritarismo: el uso instrumental de las personas, la desvalorización del trabajo político, la desconexión con las bases populares, el culto a la figura del líder indiscutible, la ausencia de canales democráticos reales de participación.

Cuando los cuadros más comprometidos son desechados, el mensaje implícito llega también al pueblo: “tu esfuerzo no importa”, “la lealtad no tiene garantías”, “las voces críticas no tienen lugar”. Esto genera un efecto devastador: despolitización y desmotivación masiva. Las comunidades comienzan a distanciarse de la política, porque ven que quienes más hicieron por el cambio terminan abandonados o silenciados.

La despolitización del pueblo es uno de los mayores riesgos para cualquier proceso transformador. Porque sin pueblo organizado, consciente y movilizado, cualquier avance puede retroceder o convertirse en una fachada vacía.

Si queremos salvar lo valioso de los procesos revolucionarios, es urgente recuperar el sentido humanista y comunitario que debe guiar al socialismo. Eso implica:

- Reconocer y valorar el trabajo político como un servicio social fundamental, dotándolo de condiciones dignas.
- Crear mecanismos de protección social y sanitaria para quienes dedican su vida a la construcción colectiva.
- Promover espacios democráticos internos donde las críticas sean bienvenidas y no castigadas.
- Devolverle protagonismo al pueblo, no como masa electoral pasiva, sino como sujeto activo de la historia.
- Combatir con honestidad los vicios internos, empezando por la corrupción, la burocracia inútil y la reproducción de dinámicas autoritarias.

La revolución no fracasa por su ideal, sino por cómo se vive y administra. Si queremos construir una sociedad más justa, debemos empezar por tratar con justicia a quienes han dado su tiempo, su salud y su corazón por ese sueño. De lo contrario, nos quedaremos solos, rodeados de discursos vacíos y cuadros rotos, mientras el pueblo mira hacia otro lado.

Superando la cultura de la inmediatez y el formalismo


En el actual proceso de construcción del Estado Comunal, existe una peligrosa tendencia a privilegiar la forma sobre el fondo, los números sobre la sustancia, los resultados inmediatos sobre los procesos orgánicos. Esta dinámica, lejos de fortalecer el poder popular, amenaza con convertirlo en una estructura vacía, carente del contenido revolucionario que debe caracterizarlo.  

El afán por mostrar logros cuantitativos ha llevado en muchos casos a descuidar lo esencial: la construcción paciente y consciente de una verdadera organización popular. Se declaran salas y gabinetes de gobierno comunal constituidas sin el debido proceso de maduración colectiva, se conforman consejos comunales que existen más en el papel que en la práctica, y se ejecutan proyectos diseñados verticalmente en lugar de surgir de diagnósticos participativos. Esta forma de proceder no hace más que reproducir, bajo nuevos ropajes, los vicios del viejo sistema que pretendemos superar.  

Un problema especialmente grave es el fenómeno del reciclaje permanente de voceros y dirigentes. Cuando los mismos rostros se perpetúan en los espacios de dirección, estamos ante un claro indicio de que no se está cumpliendo con el objetivo fundamental de politizar y formar a las bases. El poder popular debe ser escuela de nuevos liderazgos, espacio donde surjan y se desarrollen capacidades en todos sus integrantes. La rotación de funciones no es una formalidad, sino una necesidad democrática que garantiza que el conocimiento y la capacidad de dirección se socialicen.  

Estas deformaciones tienen su origen en múltiples factores: la presión por mostrar resultados rápidos que "demuestren" el avance del proceso, la comodidad de trabajar con cuadros ya conocidos en lugar de formar nuevos, y en algunos casos, el temor a un verdadero empoderamiento popular que cuestione estructuras de poder enquistadas. Superar estos obstáculos requiere de voluntad política y claridad conceptual.  

El camino correcto implica privilegiar la calidad sobre la cantidad, entender que los procesos organizativos genuinos requieren tiempo y paciencia histórica. Significa promover una formación política profunda que vaya más allá de la instrucción técnica, capaz de desarrollar conciencia crítica. Exige mecanismos reales de rotación de funciones y rendición de cuentas. Sobre todo, demanda comprender que el Estado Comunal no se decreta, como bien lo señaló el Comandante Hugo Chávez.

La revolución bolivariana tiene ante sí el desafío de demostrar que el poder popular no es un eslogan, sino una práctica concreta de transformación social. Solo superando la cultura del atajo y el formalismo podremos hacer del Estado Comunal esa alternativa real y civilizatoria al modelo capitalista que aspiramos construir.

sábado, 21 de junio de 2025

La importancia de contar nuestra historia

La historia, tal como nos ha sido transmitida, es en gran medida la narrativa del vencedor sobre el vencido, del colonizador sobre el colonizado. Es un relato construido para justificar el poder, borrar identidades y perpetuar estructuras de dominación. Por eso, recuperar y contar nuestra propia historia no es solo un ejercicio de memoria, sino un acto político, un gesto de emancipación y rebeldía frente a los discursos hegemónicos que buscan definir quiénes somos y qué valor tenemos.  

Al narrar nuestra historia desde nuestra voz, desmontamos los mitos impuestos y cuestionamos las verdades absolutas que nos han enseñado. Comprendemos que la cosmovisión que hoy define nuestro presente —con sus normas éticas, morales, culturales y sociales— no fue diseñada para nuestro bienestar, sino para someternos, para alienarnos de nuestras raíces y legitimar la opresión. Reivindicar nuestra memoria es, entonces, recuperar el poder de nombrarnos, de definir nuestra identidad y nuestro lugar en el mundo.  

Pero contar nuestra historia no se limita a recordar el pasado; es también construir futuro. Es reconocer las luchas de quienes nos precedieron, honrar su resistencia y continuar su camino. Es entender que la cultura, las tradiciones y los saberes ancestrales no son reliquias del pasado, sino herramientas vivas para enfrentar los desafíos del presente.  

En un mundo que insiste en homogenizar el pensamiento, narrar nuestra historia es un acto de descolonización mental y espiritual. Es afirmar que existimos, que resistimos y que nuestras voces, silenciadas por siglos, merecen ser escuchadas. Porque solo cuando conocemos nuestra verdadera historia podemos romper las cadenas de la dependencia intelectual y emocional, y caminar hacia una auténtica libertad.  

La historia no es solo lo que fue, sino lo que decidimos recordar y transmitir.

miércoles, 19 de febrero de 2025

Las bases del PSUV toman la palabra

Los días 22 y 23 de febrero de 2025, las bases del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) protagonizarán un momento histórico: la postulación de candidatos y candidatas a Gobernaciones, Diputaciones a la Asamblea Nacional y Legislaturas Estadales. Este proceso, que se llevará a cabo en asambleas populares, es un ejemplo contundente de cómo la democracia participativa y protagónica se construye desde las bases, sin imposiciones ni líneas partidistas. No se trata de designar nombres desde arriba, sino de que sean los hombres y mujeres del pueblo, aquellos que trabajan día a día en sus comunidades, quienes sean visibilizados y postulados por sus comunidades.  

Para estas asambleas, no deben haber campañas electorales, ni culto a la personalidad. Lo que cuenta es el trabajo honesto, la dedicación y el compromiso con la revolución bolivariana. Las bases tienen la palabra, y son ellas quienes, en un ejercicio de verdadera democracia, decidirán quiénes serán sus candidatos. Este proceso es una oportunidad para dejar atrás los egos y las ambiciones personales, y para recordar que la unidad es nuestra principal fortaleza.  

La idea no es imponer nombres, sino que sean los propios militantes, aquellos que conocen las necesidades de su territorio, quienes postulen y sean elegidos. Esto garantiza que los candidatos sean verdaderos representantes de las bases, y no figuras impuestas que no responden a los intereses del pueblo. Es un proceso que fortalece la democracia interna del partido y que refuerza el compromiso con la revolución.  

Sin embargo, este proceso también nos llama a la reflexión. Si permitimos que los intereses individuales y las posiciones egoístas se impongan, corremos el riesgo de dividirnos y debilitar nuestra fuerza como partido de Gobierno. El 27 de abril nos espera una batalla crucial, y no podemos darnos el lujo de llegar divididos. La unidad es nuestra principal arma, y debemos cuidarla como el tesoro más preciado que tenemos.  

Estas postulaciones son una oportunidad para demostrar que el PSUV es un partido que cree en el poder del pueblo, en la democracia real y en la participación activa de sus militantes. No se trata de ganar posiciones individuales, sino de fortalecer el proyecto colectivo que representa la revolución bolivariana. Cada postulación, cada decisión, debe estar orientada a garantizar que seguimos avanzando juntos, sin divisiones ni egoísmos.  

En este contexto, es fundamental que las bases asuman este proceso con responsabilidad y compromiso. Debemos postular y elegir a quienes realmente representen nuestros intereses, a quienes hayan demostrado con hechos su dedicación a la comunidad y a la revolución. No podemos permitir que intereses ajenos al pueblo se infiltren en este proceso. La revolución necesita de todos y todas, pero especialmente de aquellos que trabajan sin descanso por el bien común.  

Finalmente, este proceso es un llamado a la unidad y a la conciencia revolucionaria. Las postulaciones de candidatos no son un fin en sí mismas, sino un medio para fortalecer nuestra lucha y garantizar que el PSUV siga siendo el instrumento político del pueblo. Debemos recordar que, más allá de las diferencias individuales, lo que nos une es el compromiso con la patria y con el proyecto socialista que hemos construido juntos.  

El 22 y 23 de febrero, las bases del PSUV tienen una cita con la historia. Es el momento de demostrar que la verdadera democracia se construye desde abajo, con el pueblo como protagonista. 

Chávez vive en el pueblo organizado ....!!!

viernes, 14 de febrero de 2025

Momento histórico

La Revolución Bolivariana no es un monumento estático, sino un río que avanza con la fuerza del pueblo. Sin embargo, en su cauce se han enquistado piedras que, aunque pequeñas, buscan desviar su curso. No son enemigos declarados, sino actores que se mimetizan con el discurso revolucionario mientras cavan trincheras para sus intereses. A estos grupos los llamamos El Club de amigos: por su habilidad para disfrazar su ambición bajo el manto de la lealtad. Son los que traicionan sin hacer ruido, los que usan la bandera roja como escudo para saquear. 

El Comandante Chávez, con lucidez profética, advirtió que el peor peligro no estaba en Miraflores, sino en los pasillos donde se conspira con sonrisas cómplices. “El Club de amigos” son herederos de esa vieja práctica: se infiltran en instituciones, cooptan recursos y convierten la militancia en un trampolín para ascender, no para servir. Hablan de socialismo, pero sus acciones huelen a capitalismo de compadres. Se presentan como guardianes de la ortodoxia, pero su único dogma es el beneficio propio. 

¿Cómo operan? Crean redes de complicidad, prometen protección a cambio de silencio y convierten la crítica en herejía. Su arma no es la confrontación, sino la cooptación: ofrecen cargos, prebendas o reconocimientos a quienes se plieguen, mientras aíslan a los que exigen transparencia. Así, vacían la Revolución de contenido, reduciéndola a una fachada donde lo colectivo se somete a lo clientelar. No les importa el pueblo; les importa su cuota de poder. 

A la militancia del PSUV corresponde una tarea urgente: desenmascararlos. No basta con gritar consignas; hay que ejercer la crítica honesta y la vigilancia activa. El Club de amigos prospera en la pasividad, en el “no te metas”, en el miedo a cuestionar al compañero con influencias. Pero la lealtad a Chávez no se mide por los años en un cargo, sino por el compromiso con los humildes. Quien calla ante la corrupción, aunque vista de rojo, es cómplice de la contrarrevolución. 

Estos grupos apuestan al cansancio, a la desesperanza. Saben que si logran que las bases bajen la guardia, podrán reemplazar el proyecto histórico por una caricatura burocrática. Por eso, la respuesta debe ser organización popular: asambleas de ciudadanos, medios comunitarios que informen, colectivos que ocupen espacios sin pedir permiso. La Revolución no se defiende con decretos, sino con pueblo movilizado y consciente. 

Hay que recordar las palabras del Comandante: “Revolución es radicalidad”. Radicalidad no significa intolerancia, sino profundizar la democracia participativa, incluso cuando eso implique remover a quienes se aferran a privilegios. “El Club de amigos” teme a las comunas, a los consejos comunales, al pueblo organizado, a todo poder que no controlen. Por eso, construir desde abajo es la mejor forma de dejarlos sin terreno. 

No hay tiempo para ingenuidades. La historia de América Latina está plagada de procesos traicionados desde dentro. “El Club de amigos* no es una excepción, sino un síntoma de las debilidades que toda revolución debe superar. Su existencia no es una derrota, sino una prueba de fuego: ¿estamos dispuestos a priorizar el bien común sobre los intereses de grupo? La respuesta define si somos chavistas de verdad o cómplices del retroceso. 

Avanzar implica dejar atrás lo que frena. “El Club de amigos" quiere que la Revolución se convierta en un club de beneficiarios, pero el pueblo tiene la llave para cerrarles la puerta. Sigamos el ejemplo de los que luchan en los barrios, de los que enseñan en las escuelas, de los que siembran en los campos. Ellos, sin títulos ni cargos, encarnan el socialismo. Que los oportunistas se queden hablando solos; la Patria sigue su marcha.  

Chávez vive en el pueblo organizado

¡Con el morral al hombro y Chávez en el corazón: la lucha continua!

En el imaginario revolucionario, el morral del Comandante Chávez no es solo un símbolo, sino un arcón de memoria que carga las luchas de quienes, desde antes del 4 de febrero de 1992, sembraron las raíces de la rebeldía. La generación precursora, aquella que desafió dictaduras, resistió masacres y regó con sangre los caminos de la dignidad, no fue un accidente histórico: fue el germen de la Revolución Bolivariana. Sus mártires —desde Fabricio Ojeda hasta los caídos del 4 de Febrero— no son nombres olvidados, sino cimientos vivos de un proyecto que, décadas después, Chávez convertiría en bandera de pueblo. Sin su sacrificio, no habría habido un despertar.  

Chávez llegó como síntesis de esa herencia. No fue un mesías solitario, sino la voz colectiva de miles que, desde los cuarteles, las universidades y los barrios, anhelaban justicia. Su genio fue transformar el descontento en organización, la rabia en programa político. El Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200), y luego el MVR y el PSUV, no surgieron de la nada: fueron el fruto de décadas de resistencia, de ensayos y errores, de líderes anónimos que, incluso sin ver la victoria, creyeron en lo imposible. La generación fundadora no solo dio forma al proceso; le otorgó identidad. 
 
Pero una revolución no se sostiene solo con nostalgia. El morral de Chávez, metáfora de su legado, exige ser cargado por nuevas manos. La transferencia generacional no es un acto protocolario, sino una necesidad estratégica. Las juventudes de hoy no son “el futuro”: son parte activa del presente. Sin embargo, heredar no significa repetir. Se trata de reinterpretar las banderas anticoloniales y socialistas en un mundo donde el imperio ya no invade con tanques, sino con algoritmos. La guerra cognitiva, impulsada desde Washington a través de redes sociales y medios hegemónicos, busca fracturar la unidad, trivializar la historia y vaciar de contenido la palabra “revolución”.  

Aquí yace el desafío: ¿cómo pasar el testigo sin perder el rumbo? La generación fundadora tiene la responsabilidad de enseñar, pero también de escuchar. Las nuevas generaciones no deben ser espectadoras, sino constructoras de un socialismo adaptado a los códigos del siglo XXI. Esto implica reconocer errores —28 de julio— sin caer en la autodenigración. La autocrítica, cuando es honesta, fortalece; la soberbia, en cambio, abre brechas para el enemigo.  

El morral de Chávez guarda herramientas para esta batalla: educación popular, comunicación alternativa, organización comunal. Frente a la guerra mediática, hay que responder con pedagogía insurgente. Las redes sociales, en manos del pueblo, pueden ser trincheras de verdad. Los jóvenes, nativos digitales, tienen la capacidad de desmontar fake news con creatividad y rapidez, pero necesitan acceso a formación política y recursos. No se trata de competir con el imperio en su juego, sino de reescribir las reglas.  

La continuidad también demanda proteger lo conquistado. Las misiones sociales, la soberanía petrolera, la diplomacia de los pueblos —logros de la generación fundadora— no son reliquias museables, sino armas para enfrentar nuevas amenazas. Sin embargo, no basta con administrar lo existente; hay que innovar. La revolución tecnológica, entre
otras masivas respuestas audaces, donde la experiencia de los mayores y la osadía de los jóvenes se complementen.  

El 28 de julio fue una advertencia: sin participación protagónica, sin empoderar a las bases, el proceso se debilita. La revolución no es un partido de élites, sino un río donde deben caber todas las corrientes. Por eso, el morral debe pasar de mano en mano, sin que nadie pretenda clavarlo como trofeo. Las nuevas generaciones no están llamadas a ser “reemplazos”, sino herederas críticas y creadoras. Como dijo Chávez: “Nosotros no somos dueños de la historia, somos sus servidores”.  

Que el morral no se convierta en carga, sino en brújula. La Patria que soñaron los precursores, que Chávez hizo posible y que hoy defendemos, solo perdurará si entendemos que la revolución es un acto de amor colectivo que trasciende generaciones. A los jóvenes: estudien, organicen, cuestionen. A los fundadores: guíen, confíen, liberen espacios.

Juntos, como un solo pueblo, llevaremos este legado hasta la victoria final.  

¡Con el morral al hombro y Chávez en el corazón: la lucha continua!

Chávez vive en el pueblo organizado…!

martes, 11 de febrero de 2025

El PSUV: La necesidad de una renovación revolucionaria



El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) ha sido, sin duda, un pilar fundamental en la construcción del proyecto bolivariano. Desde su fundación, ha alcanzado grandes logros, como la consolidación de políticas sociales inclusivas, la defensa de la soberanía nacional y la promoción de una visión antiimperialista en América Latina. Sin embargo, dentro de su seno, persisten vicios que amenazan su capacidad para liderar los cambios profundos que la revolución requiere. El sectarismo, el club de amigos y el foquismo han limitado su desarrollo, alejándolo en ocasiones de las bases populares que deberían ser su principal sustento.

En este nuevo proceso de postulaciones de sus líderes, es imperativo que las postulaciones nazcan del pueblo. No pueden ser impuestas desde cúpulas alejadas de la realidad cotidiana de las comunidades. Deben ser los hombres y mujeres que trabajan codo a codo con el pueblo, quienes impulsen y desarrollen las políticas del Estado en beneficio de las mayorías. Solo así el PSUV podrá recuperar su esencia revolucionaria y mantenerse como un instrumento al servicio de las transformaciones sociales.

El presidente Nicolás Maduro Moros ha dado un paso crucial al otorgarle al pueblo el poder de elegir a sus líderes. Esta decisión refuerza el principio de que "solo el pueblo salva al pueblo", una máxima que debe guiar no solo este proceso electoral, sino también la construcción diaria de la revolución. La democracia participativa y protagónica, consagrada en la Constitución bolivariana, debe ser más que un discurso; debe materializarse en prácticas concretas que empoderen a las bases y fomenten la participación activa de todos los sectores populares.

Sin embargo, este proceso no estará exento de desafíos. El sectarismo y el clientelismo, arraigados en algunas estructuras partidistas, pueden intentar obstaculizar la verdadera participación popular. Es responsabilidad de todos los revolucionarios y revolucionarias garantizar que este proceso sea transparente, inclusivo y verdaderamente democrático. La revolución no puede permitirse reproducir los vicios del pasado; debe ser un espacio de renovación constante.

La elección de nuevos líderes debe estar acompañada de un compromiso firme con los principios socialistas. No se trata simplemente de cambiar caras, sino de impulsar un nuevo estilo de liderazgo, más cercano a las necesidades del pueblo, más crítico con los errores internos y más comprometido con la autocrítica y la rectificación. Solo así el PSUV podrá mantenerse como un faro de esperanza para las mayorías excluidas.

En este contexto, es fundamental recordar que la revolución bolivariana no es un proyecto de un partido, sino de todo un pueblo. El PSUV debe ser un instrumento al servicio de ese proyecto, no un fin en sí mismo. Su renovación y fortalecimiento son tareas urgentes, pero no pueden realizarse a espaldas de las bases populares. Por el contrario, deben ser el resultado de un diálogo franco y constructivo entre todos los sectores comprometidos con el socialismo.

El llamado es claro: este proceso postulaciones debe ser una oportunidad para revitalizar el PSUV y, con él, la revolución. Que sean las comunidades, los trabajadores, las mujeres, los jóvenes y los campesinos quienes decidan quiénes están mejor preparados para liderar este nuevo ciclo. Solo así podremos avanzar hacia una sociedad más justa, más igualitaria y verdaderamente soberana.

La consigna sigue vigente: ¡Solo el pueblo salva al pueblo! Y hoy, más que nunca, es el momento de demostrarlo.

Chávez vive en el pueblo organizado

lunes, 6 de enero de 2025

Juramento

El 10 de enero, el pueblo venezolano se unirá en un acto simbólico y poderoso, juramentándose junto a su presidente, Nicolás Maduro Moros. Este juramento trasciende lo convencional; es un reto a la adversidad, una reafirmación de soberanía frente a los embates de quienes buscan desestabilizar nuestra nación. Cada juramento tiene su propio significado, y el de este año se ancla en un contexto de lucha constante, donde las adversidades no solo han sido soportadas, sino que han fortalecido el espíritu patriota. 

A pesar de los ataques que ha sufrido la revolución bolivariana —como los guiones terroristas, los bloqueos genocidas, los ataques sistemáticos a nuestra moneda y los intentos de invasión— el pueblo se mantiene firme. Esta resistencia es un testimonio de la voluntad de un colectivo que se niega a rendirse ante las fuerzas que buscan fragmentar nuestra identidad y nuestro futuro. En cada rincón de Venezuela, la voz del pueblo resuena con valentía, demostrando que la esperanza y la determinación son más poderosas que el miedo y la opresión.

Los apátridas y traidores, que intentan socavar nuestra fortaleza, muestran su desesperación en cada intento fallido. Su odio se manifiesta en acciones que buscan dividir, pero el pueblo de Venezuela se mantiene unido, sabiendo que su poder radica en la solidaridad. A pesar de las dificultades, el impulso hacia la democracia y el crecimiento económico sigue latente en el corazón de cada venezolano. Este juramento no solo es un acto de desafío; es una promesa de continuar construyendo un país donde se respete la dignidad de todos sus ciudadanos. 

En este camino, el liderazgo del presidente Nicolás Maduro Moros es fundamental. Su visión y compromiso con el pueblo guían este movimiento hacia un futuro mejor. Este 10 de enero marcamos no solo un juramento, sino el renacer de un compromiso colectivo para avanzar en la lucha por la justicia y la equidad, siempre con la mirada en el horizonte y la fe inquebrantable en la victoria. La revolución bolivariana sigue viva, y con ella, la esperanza de un mañana en paz y prosperidad.

Chávez vive en el pueblo organizado.